domingo, 15 de julio de 2012

Capítulo 8: Brooklyn

  Me ha besado. Me ha besado. Me ha besado.
  Aunque no sé por qué, me ha besado. Y eso es lo que importa.
  Salgo de la heladería a las cinco y media y se supone que Mace viene a recogerme. Cruzo la calle con la intención de ir hacia el banco dónde hemos quedado y le veo, allí de pie, apoyado desenfadadamente en la farola, como quien no quiere la cosa, como un modelo de ropa interior, aunque le falte el estar semidesnudo.
  Sacudo la cabeza para apartar posibles pensamientos obscenos de mi mente y le sonrío cuando mira hacia mí. Él también sonríe, pero de la forma que tanto me gusta. De esa forma que no hace aposta para que yo le diga que la haga para que entonces él me pregunte que por qué y yo le diga que porque me encanta.
  Se despeina-peina el pelo mientras me acerco y arquea una ceja. 
 -¿Qué tal el día? -me pregunta, aunque no sabría decir si con algún mínimo interés.
 -Una locura -digo fingiendo entusiasmo-. Una mujer ha pedido bolitas de chocolate sobre el helado... ¡y no nos quedaban! Ha sido una situación límite, totalmente emocionante.
  Suelta una carcajada y me coge la mochila de la mano para ponérsela él en el hombro. Hasta con una mochila rosa de lunares blancos colgada, está para comérselo.
 -¿A dónde me vas a invitar a tomar algo? -pregunto pestañeando, sabiendo que le resulta irresistible.
 -¿Cómo? -pregunta fingiendo sorpresa-. Encima que vengo a por ti... 
 -¡Pero si no es nada! -digo poniendo voz dulce-. Ejercicio para tus músculos de acero -añado pellizcándole  el brazo.
 -No sabes la de depravados que hay sueltos por aquí... Es que un caramelito como yo no puede ir por la calle sin que le digan barbaridades...
 -No hay derecho... Claro, vas provocando, y pasa lo que pasa... -digo totalmente indignada.
 -Habló, la que tira toallas aposta para que la gente le vea el trasero -dice levantando el pulgar y asintiendo.

 -¿Qué van a querer tomar? -nos pregunta la camarera con una sonrisa mientras saca un bolígrafo de su delantal.
 -Un batido de vainilla -dice Mace devolviéndole la carta- y una de patatas.
  Le miro con cara interrogante y niego mientras sonrío.
 -Un té helado y una de patatas.
  Le devuelvo la carta a la camarera y tras cogerla, se queda tres segundos más de la cuenta mirando a Mace mientras le sonríe, a lo que no se me ocurre hacer otra cosa que cogerle la mano y acariciarla. Ella baja la vista hasta nuestras manos y se va tras lanzar un suspiro de fastidio.
  Mace mira su mano y se ríe. La suelto acordándome de repente de lo que estoy haciendo y me pongo roja al instante.
  -No hace falta que te pongas celosa; sólo tengo ojos para ti.
  Dice esto con una sonrisa que insinúa que está a punto de estallar de la risa, pero, no se por qué, por sus ojos creo que lo dice totalmente convencido.
  Mace se estira un poco en su asiento, doblando los brazos hacia atrás y poniéndose las manos en la nuca.
  Me fijo en sus brazos, y un escalofrío recorre mi espalda. Intuyo que la camarera que nos atendió hace unos minutos también se fija, porque tira unos refrescos en la mesa de al lado al quedarse mirando a Mace.
  A los pocos minutos nos traen la comida y la bebida y me vuelvo a acordar de la extraña mezcla de batido-patatas de Mace y decido preguntarle.
  -El batido y las patatas me gustan -se limita a contestar, encogiéndose de hombros.
  -¿Y...? -tiro de la cuerda un poco más, intentado completar la información.
  -Si me gustan por separado, juntos... -se queda callado para encontrar las palabras adecuadas-  juntos son como  el unicornio rosa de los alimentos -dice finalmente con una sonrisa triunfal.
  Abro la boca para replicar pero decido que es mejor no intentarlo y me limito a dar un sorbo a mi té.
  Miro detenidamente a Mace y observo cómo moja una patata en el batido y se la mete en la boca. Le miro fijamente, intentando asimilarlo, pero no puedo. Mace se está metiendo en la boca una patata frita cubierta de batido de vainilla.
  Me ofrece varias veces, a punto de morirse de la risa por mi cara de repugnancia, asegurando que está mucho mejor, pero me niego en redondo.
  -Ahora vengo -dice mientras se levanta para ir al baño.
  Le observo alejarse y cuando creo que no me ve, cojo una de las patatas y meto la punta en el batido. Me la acerco despacio, con cierto miedo y muerdo la parte mojada. La mastico lentamente, arrugando la cara, pero me sorprendo a mí misma, queriendo repetir al notar el extraño pero delicioso sabor. Vuelvo a mojar la patata y a metérmela en la boca, pero noto una mano en el hombro y la cara de Mace posándose al lado de mi oído.
  -Lo siento, el baño estaba hacia el otro lado.
  Noto como enrojezco lenta pero inexorablemente mientras se aleja hacia el otro sentido, no sin antes guiñarme un ojo.


  -Sabía que te iba a gustar, eres demasiado testaruda -dice señalándome con el dedo índice de forma acusadora.
  -No, sé de que me hablas... Y además, no me ha gustado.
  Se ríe y me pasa un brazo por los hombros. En ese mismo instante me da por mirar el suelo para comprobar que no me estoy deshaciendo como un helado.
  -Mañana es la fiesta de despedida de Matt -digo haciéndome una trenza-. ¿Quieres venir?
  Me mira con cara de sorpresa, y enarca una ceja. 
  -No conozco a nadie. 
  -Me conoces a mí -digo ofreciendo una sonrisa encantadora-. ¿No te basta?
  Emite un gruñido y se muerde el labio inferior. 
  -Menos mal que lo has dicho tú primero... Temía que si lo decía, te sentara mal.
  Hago una mueca y le saco la lengua.
  -Me gustaría que vinieras -digo con exasperación, sabiendo que era lo que quería que dijera desde el principio.
  -Te ha costado, ¿eh? -me dice adelantándome mientras caminamos y dándose la vuelta para mirarme mientras camina de espaldas-. ¿Cómo tengo que ir vestido?
  -Pues... -me paro unos segundos y reanudo la marcha-. Se supone que bien, es decir, con corbata o algo así.
  -Sí, claro -suelta algo parecido a una carcajada y pone cara de haber escuchado el mejor chiste del mundo, pero elimina su expresión al ver que le observo con mirada seria-. ¿Va enserio?
  -Pues sí -digo ladeando lentamente la cabeza.
  -Yo no tengo ninguna chaqueta ni nada parecido.
  -Bueno, le puedo preguntar a Matt. Creo que tenéis la misma talla. Estoy segura de que no le importará.
  Seguimos andando en silencio hasta llegar a la calle de mi casa. 
  -Háblame de Matt -me pide Mace.
  -¿Qué? -no puedo ocultar el asombro en mi voz.
  -Sí. ¿Ha habido algo entre vosotros? -pregunta realmente interesado.
  -Mmm no. Somos amigos. Somos muy amigos.
  -¿Es el unicornio rosa de los amigos? -me pregunta con seriedad.
  No puedo evitar reírme al ver a un chico de casi metro noventa de estatura pronunciando las palabras "unicornio rosa".
  -Sí, es el unicornio rosa de los amigos.
  -Entonces me alegro -dice asintiendo.
  Mira en silencio al suelo.
  -Se ve que es muy buen chico, y que te quiere muchísimo -me dice, pero ya no veo nada de broma en su cara, ningún ápice de diversión, sólo seriedad y voz denotando gravedad.
  Asiento sin emitir ningún sonido y, sin saber exactamente por qué, busco su brazo y me lo paso por los hombros, para luego rodearle la cintura con los mios.
  Llegamos a mi casa y entramos. Nos sentamos en el sofá y hablamos durante horas. Hablamos tanto que incluso se me olvida dónde estoy o qué hora es, qué tiempo hace o en qué año estamos. Hablamos de todo lo que se nos ocurre: de libros, de películas, de lugares por visitar y de lugares visitados, de novios y de novias, de locuras, de fantasías, de momentos vergonzosos, de unicornios rosas, de patatas mojadas en batidos -aunque según él, las patatas mojadas en batido de chocolate son el unicornio azul, que es un grado más que el rosa-, hablamos incluso de nosotros. No me acuerdo de qué exactamente, sólo sé que empecé a tiritar y él me puso su sudadera por encima, una sudadera que olía a vainilla.

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