miércoles, 18 de julio de 2012

Capítulo 10: Brooklyn

  -Joder, tía, es de mi madre -dice al ver como el líquido fucsia llega hasta el vestido y se expande lentamente.
  Me encojo de hombros con cara de «ups, ha sido sin querer» y sonrío. Ella me da un puñetazo en la mejilla y noto un dolor agudo justo debajo del ojo. El impacto hace que me tambalee hacia atrás. Percibo que algo recorre mi pómulo derecho y me llevo la mano rápidamente hasta ahí para limpiar la sangre. Vivianne maldice en susurros y, con gesto de dolor, se presiona con la otra mano los nudillos de la izquierda. La gente permanece inmóvil a nuestro alrededor y no se muy bien qué hacer. Matt me mira horrorizado. Me acerco vacilante a Vivianne y le propino una patada en el estómago. Ella, nada más hacer yo eso, como un resorte, me empuja y me tira al suelo. Se abalanza sobre mí, cubriéndome de puñetazos. Intento defenderme lo mejor que puedo y de vez en cuando agradezco las dos clases de kick-boxing a las que asistí al devolver algún que otro revés, pero la mayor parte de mis golpes van destinados al aire. Busco a Mace con la mirada y entonces le veo. Se acerca hasta nosotras y coje a Vivianne por los hombros hasta separarla de mí. Un espontáneo me ayuda a levantarme, pero eso no impide que Vivianne termine lo que empezó. Cuando estoy colocándome el vestido, llega hasta mí y me empuja a la piscina. No descubro a qué me he agarrado hasta que noto pelo en mi mano. Al sacar la cabeza del agua veo a Vivianne chapoteando para llegar hasta el borde de la piscina, pero a una Vivianne con el pelo por los hombros, y no por la cintura. Miro mi mano y veo un matojo de pelos con un par de pinzas al final. Suelto el pelo postizo totalmente asqueada. ¡Lo sabía! Sabía que eso no era su pelo.
  -Zorra -dice mientras me mira con una mirada fulminante.
  Mace me ayuda a salir de la piscina, pero no veo a Matt por ninguna parte. Me abraza y al ver que estoy tiritando, me envuelve en su chaqueta -la chaqueta de Matt-. Me coge en brazos y nos dirigimos hasta mi casa, pero en algún momento del trayecto me quedo dormida o me desmayo, y no abro los ojos hasta que estoy en mi porche.
  Nos sentamos en los peldaños de la entrada. Hay un largo silencio y yo me limito a abrazarme las rodillas y a hundir la barbilla entre ellas. Me examino los brazos y me doy cuenta de que están llenos de arañazos y de futuros hematomas. Mace se ríe y yo le miro extrañada.
  -Menudos golpes pegabas al aire -me dice enarcando una ceja-. ¿Y la patada? Ni los guerreros de los videojuegos -dice exagerando el tono. Sé que no lo dice por hacerse el gracioso, si no para intentar sacarme una sonrisa y eso hace que me sienta enormemente afortunada. Noto como me vuelve a resbalar sangre por la mejilla y me limpio rápidamente. Mace se da cuenta por primera vez de la herida y la examina minuciosamente. Lleva dos dedos hasta el pómulo y lo acaricia de forma suave, pero al tocarlo hago una mueca de dolor.
  -¿Te duele mucho? -me pregunta.
  Niego con la cabeza y se mete en casa, saliendo al rato con hielo en un paño. Me coloca la tela en la mejilla y a los pocos segundos las gotas de sangre son sustituidas por gotas de agua, tanto del paño como de mis ojos. Mace cae en la cuenta de que estoy llorando en silencio y me abraza con fuerza. Al sentir sus brazos alrededor de mis hombros, empiezo a sollozar y al hacerlo, me siento estúpida y débil, lo que hace que llore mas.
  Intento hablar, pero lo único que salen de mi boca son sonidos entrecortados y gemidos.
  -Lo... lo siento -digo en un susurro-. No... no sé qué... qué me ha pasado. Yo no... yo... -intento terminar la frase, pero las palabras no consiguen salir.
  Mace me acaricia el pelo mientras me da besos en la coronilla. Esto me da un empujoncito para seguir hablando.
  -Matt no hizo nada... -digo incrédula a la vez que decepcionada-. Estaba allí, de pie, mirando... Pero no hizo nada...
  -No pasa nada -dice Mace-. Puede que no supiese qué hacer. A mí me pasó eso.
  -Tú me la quitaste de encima... Si no llegas a estar tú...
  Me estremezco entre los brazos de Mace al pensar en todo lo que hubiera podido pasar si él no llega a separar a Vivianne -quien, aunque me cueste reconocerlo, me estaba dando una paliza de las buenas-. Repentinamente dejo de llorar y me olvido de todo lo ocurrido durante unos segundos. En esos segundos me separo de Mace y él me mira de forma intensa, como si pudiera saber todo lo que pienso. Me siento desnuda ante esa forma de mirar. Me coloca de forma torpe un mechón tras la oreja y yo me derrito ante ese contacto. Me coge la barbilla con la mano y se acerca hasta que sus labios se posan en los míos. No es un beso apasionado ni de locura. No es un beso de final de película. No es ni un beso de película. Pero es el mejor beso que me han dado en mi vida. Al separarnos me dice que debería ir a dormir. Asiento obediente y me acompaña hasta mi habitación. 
  -Te voy a traer una taza de leche -susurra desde la puerta.
  Me quito la ropa y me pongo una camiseta ancha. Me siento en el borde de la cama para esperarle, pero antes de que llegue, ya estoy dormida.

  Me despierto metida en la cama y tapada con una manta. Aún me duele la herida y me cuesta unos minutos recordar todo lo ocurrido la noche anterior. Me levanto de la cama y me miro en el espejo. Giro la cabeza para poder ver mejor el pómulo y lo recorro con los dedos, rezando para que no aumente y para que no se note demasiado.
  Bajo las escaleras y al llegar al comedor, la luz hace que emita un gruñido digno de cualquier oso que se precie. Entorno los ojos y arrugo la frente, aun cegada por la excesiva luminosidad, mientras avanzo hasta la cocina. 
  -Hola -me saluda un Mace en vaqueros, sin camiseta y con un delantal de flores mientras agita una mano metida en una manopla de cocina a cuadros azules y blancos. Eso se merece una foto.
  Miro la encimera de la cocina y veo harina expandida por todos lados.
  Le devuelvo la sonrisa y avanzo hacia él. Espera. ¿Mace? ¿Levantado antes que yo? ¿Estamos en un mundo paralelo? 
   -¿Qué hora es? -le pregunto bostezando.
  -La una y dieciséis -me dice mirando su reloj de muñeca-. ¿Has dormido bien?
  -La una y dieciséis... La una... ¡La una y dieciséis! Mierda, mierda, mierda. Llego tarde -digo abriendo mucho los ojos, pero en el momento en el que doy un paso, me mareo y empiezo a tambalearme hasta que Mace se pone a mi lado y me sujeta.
  -Ya he llamado y les he dicho que estabas enferma.
  -Ah -digo asintiendo lentamente-. ¿Y mi madre?
  -Ha tenido que ir a no-se-qué editorial y me ha dicho que volverá a la hora de cenar.
  -Ah -digo de nuevo.
  Se oye un gruñido, pero esta vez no procede de mi boca sino de mi tripa. Me llevo las manos hasta ahí y aprieto.
  -¿Tienes hambre? -pregunta Mace.
  Asiento.
  -¡Perfecto! Estoy haciendo mi plato estrella -dice con una sonrisa triunfal. 
  En ese preciso momento, empiezo a oler a quemado y dirijo mi mirada hacia el horno, del que sale un espeso humo negro. Mace suelta un grito ahogado y se acerca hasta el horno sacudiendo el humo con un paño. Cojo el teléfono y me acerco hasta la nevera para marcar el número de las pizzas a domicilio. 
  -Hola, quería una pizza familiar -digo a la vez que Mace me enseña un rectángulo de algo carbonizado.

  -Aún no te he dado las gracias -digo llevándome un trozo de pizza a la boca-. Así que muchas gracias por lo de anoche. Te portaste genial conmigo.
  -No hay por qué darlas -balbucea con la boca llena de comida, ya que le he pillado masticando.
  Río divertida y le doy una toba en el hombro.
  -No se habla con la boca llena -recito de memoria lo que me decía mi madre cuando era pequeña.
  Le miro mientras mastica, sin que él se dé cuenta. Se siente observado y se gira para mirarme. Traga lentamente y me sonríe de forma encantadora. Siento una oleada de emociones que no sé muy bien de dónde proceden. Dejo mi trozo de pizza sobre el plato y me siento en el sofá en el que está él. Me mira sin entender lo que pasa al yo observarle de hito en hito.
  -¿Tengo algo en la cara? -me pregunta arrugando la frente mientras se lleva un dedo a la comisura de los labios.
  Niego lentamente con la cabeza y levanto mi mano hacia su mejilla para acariciarla. Me aproximo aún más y noto su respiración en mi frente. El último acercamiento lo protagoniza él y cuando sus labios están a escasos centímetros de los míos, cierro los ojos. Esta vez el beso es mucho más apasionado. Llevo mis manos hasta su cara y las paso por su barba incipiente. Él me sujeta la nuca y me empuja ligeramente hacia atrás, tumbándome en el sofá, debajo de él. Sigue besándome con ímpetu, intercalando de vez en cuando besos en la mandíbula y en el cuello. Lleva sus manos hasta mi cintura y yo las bajo hasta su espalda, acercándolo más a mí. Se separa, poco espacio, pero el suficiente para contemplarme. Me toca la nariz y yo me pongo bizca. Separa el dedo y lo vuelve a acercar y yo repito de nuevo el movimiento de ojos. Nos reímos. Me besa la frente, despacio, al igual que la nariz, luego la barbilla, y por último -y más que nada para hacerme sufrir- la boca. Pasa su mano por mi pelo, siguiendo cada onda, cada forma con los dedos. Sujeta un rizo entre los dedos pulgar e índice y lo estira, después lo suelta para que vuelva a su forma inicial. Seguimos besándonos durante horas, en un silencio que únicamente en contadas ocasiones, es interrumpido por alguna risa o algún suspiro.
  Cada vez que para de besarme y se separa para mirarme, siento algo que llevaba mucho, muchísimo tiempo sin sentir, algo que nunca pensé que podría sentir de nuevo, algo extraño y difícil de explicar. La sensación que te aporta una manta en el día más frío. La sensación que te aporta un vaso de agua tras un largo paseo. La sensación que te aporta un abrazo en un día triste. La sensación que te aporta un beso de alguien a quien quieres.

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