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martes, 8 de octubre de 2013

Capítulo 18: Brooklyn

  Hoy Mace tenía cosas que hacer, así que al salir de la heladería Trevor y yo vamos a tomar algo para... ¿celebrar que es viernes?, ¿por ejemplo?
  Nos dirigimos calle abajo hacia un bar bastante conocido. Trevor me sujeta la puerta al entrar y me invita a pasar primero. 
  El lugar está a rebosar; prácticamente es imposible llegar a ver dónde está la barra. Nos hacemos camino -empujamos a la gente de mala forma- para conseguir pedir nuestro ansiado refrigerio. Encontramos a unos metros de nosotros dos taburetes libres, lo cual es bastante inexplicable, y nos abalanzamos contra ellos. Una vez estamos sentados y con las bebidas frente a nosotros, nos relajamos y empezamos a hablar.
  -Ya sabes todo sobre mí, pero yo aún no sé nada de ti -digo mientras me acerco mi copa a los labios.
  -Suelo ser bastante enigmático -dice con una media sonrisa pintada en la cara-. Poca gente me conoce realmente bien. 
  -Venga, no te hagas el duro, seguro que no eres tan misterioso. Todos tenemos algo desconocido, pero lo acabamos sacando. Me extraña que esa técnica te funcione con chicas.
  -¿Para qué iba a querer que me funcionara con chicas? -pregunta enarcando una ceja, mientras arruga ligeramente la nariz. 
  -Hombre, puedes intentarlo con perros o periquitos, pero aparte de que te resultará bastante difícil, creo entender que se llama zoofilia.
  -Brook, soy gay -dice mientras se recoloca las gafas.
  Lo sabía. No sé por qué, pero lo sabía.
  -¿Y ahora estás con alguien? -pregunto cruzándome de piernas y apoyando mis manos sobre mi rodilla izquierda.
  -Desde hace cuatro meses no. Le vi besándose con otra persona en la calle.
  -No me lo puedo creer -digo con incredulidad-. A mí me pasó lo mismo -concluyo haciendo un gesto con la mano.
  -¡¿Te liaste con uno estando con tu novio?! -pregunta, mezclando a la perfección horror y desprecio.
  -No, no. Vi a mi antiguo novio besándose con la novia de mi mejor amigo.
  -¿Con Vivi? -pregunta sin dar crédito.
  -La misma -digo con un ademán de cabeza.
  -Qué guarra... -declara como veredicto final. Tras esto estallamos en una serie de más que audibles carcajadas.
  -¿Y qué pasó con... con... con este chico? -consigue terminar.
  -Jem, se llama Jem. Me dejó al poco tiempo y después se mudó.
  -¿No has vuelto a hablar con él?
  -Perdimos el contacto -comento con cierta melancolía-, no teníamos muchos amigos en común, por lo que dejé de saber de él.
  -¿Nunca has intentado buscarle? -pregunta inclinándose ligeramente hacia mí, con verdadero interés.
  -Mm, no, la verdad es que no. No sé. Supongo que todo esto ha pasado por algo.
  -Tienes que ponerte en contacto con él.
  -¿Cómo voy a ponerme en contacto con él? -exclamo, exasperada, levantando los brazos.
  -Entonces lo vuestro no ha terminado -contesta como veredicto.
  -¿Cómo no va a haber terminado? -pregunto incrédula.
  Me mira como si hubiera hecho la pregunta más tonta y obvia de la historia.
  -Si lo no habéis hablado y no habéis dejado las cosas claras, es que está incompleto -dice lentamente. Hace una pausa-. Tú le querías, ¿verdad? -me pregunta ladeando la cabeza.
  Dudo unos instantes. Claro que le quería, pero me hizo daño, mucho daño.
  -Sí, bueno...
  Trevor me interrumpe como si mis dos palabras hubieran sido suficientes para convencerle.
  -Entonces no puedes dejarlo así. No puedes olvidarle sin más. 
  Una imagen me viene a la cabeza. Jem y yo estamos en el porche de mi casa tras una fiesta del instituto. Me descalzo al sentarme en la barandilla mientras él me propone planes para ese fin de semana. El ruido de los coches se oye muy a lo lejos. Algún ladrido rompe el reinante silencio, pero se va tan de golpe como llegó. Los mosquitos se chocan una y otra vez contra la lámpara que cuelga del techo. Jem se acerca a mí y me abraza. Me da un par de besos en el cuello, donde horas antes me había echado un perfume que ahora brillaba por su ausencia. Me abraza, me rodea con sus grandes brazos, esos mismos que tanto tiempo eché de menos. Me susurra un par de cosas al oído que quedan entre nosotros. Me río. Me observa reírme. Le miro y me besa. Me dice que nunca me va a dejar y que, si en algún remoto caso lo hace, jamás de los jamases me olvidará. 
  Algo en mi interior se conecta. Ese recuerdo actúa como un resorte, haciendo que algo muy dentro de mí le eche de menos. Que le añore como hacía mucho que no le añoraba. Ese algo muy dentro de mí empezaba a multiplicarse, a crecer y a crecer, sin importarle lo más mínimo mis actuales sentimientos. Sin importarle un bledo que ahora estoy con otro chico. Ese insignificante porcentaje que ignoraba hace unos meses, unos días e incluso unas horas, se estaba convirtiendo en algo importante.
  En este momento se está librando una batalla campal en mi mente. Una gran mayoría, prácticamente la totalidad, de recuerda que Mace es un chico estupendo y que quizás le quieras. Esta parte también incluía en su opinión lo capullo que fue Jem y el daño que me hizo. Un uno por ciento sugería que por qué no intentarlo. No pierdes nada. <<Quien no arriesga, no gana>> solía decir mi padre cuando era pequeña, a lo que yo siempre respondía arrugando la nariz. ¿Y si hubo algo más? ¿Y si por el hecho de obcecarse en el "no" te pierdes cosas, cosas realmente buenas? El otro uno por ciento era básicamente la imagen de un mono vestido de orquesta tocando los platillos.
<<¿Pero qué narices te pasa, Brooklyn?>> me pregunto. No me entiendo. <<¿Le echas de menos?>>.  Ni yo sé qué responderme a esa pregunta. Ese resorte que ha saltado en mi interior nunca antes lo había hecho. Nunca. Supongo que así funcionan los sentimientos. En el momento en el que un recuerdo feliz de algo ya pasado navega por tu mente, puede tambalear cualquier tipo de situación.
  -Deberías buscarle. Y yo te voy a ayudar -dice asintiendo con gravedad.
  Ese pequeño e imperceptible uno por ciento va creciendo poco a poco, superando a mis otras opciones. Se abre camino desde mi cerebro hasta mis cuerdas vocales, pronunciando con seguridad:
  -Hagámoslo.

domingo, 6 de octubre de 2013

Capítulo 17: Jeremy

  Aún no estoy seguro de si esto es correcto. Hace mucho que no la veo. Seguramente ni se acuerde de mí... ¿O si? La verdad es que la echo de menos. He estado estos meses en el extranjero y a lo mejor piensa que, si no he pasado a verla, es porque no la quiero. Lo de Vivianne fue un completo y absoluto error. No sé qué demonios se me pasó por la cabeza para hacerle eso a Brook. Estoy completamente seguro de que ella piensa que lo dejé por Vivi, pero en realidad fue porque me iba de la ciudad. 
  Estoy dispuesto a volver con ella, siempre y cuando me perdone. Quiero que vea lo que soy capaz de hacer. Estoy dispuesto a mudarme para que volvamos a estar juntos.
  Ahora que he vuelto, Brook va a volver a ser mía. 

domingo, 27 de enero de 2013

Capítulo 16: Brooklyn

  -En serio, cielo, no sé cómo lo haces; cada vez que sales con Mace traes una herida nueva.
  Mi madre me examina el bulto que me empieza a crecer en la parte derecha de la frente. Niega varias veces con la cabeza. Se aparta un par de centímetros mientras yo me llevo la bolsa de hielo a la frente, y me mira con gesto de preocupación. Rectifico. Con gesto de madre. Me acaricia la mandíbula dulcemente y me mira a los ojos.
  -Te gusta mucho, ¿verdad?
  Abro los ojos y la boca al mismo tiempo. Mi madre me mira y sonríe. 
  -Me recordáis a mí y a tu padre -dice despacio, como recordando acontecimientos. 
  Yo sonrío con melancolía.
  -¿Sabes cómo nos conocimos? -pregunta, dispuesta a contarlo sea cual sea mi respuesta.
  Niego con la cabeza, sacudiéndola, y me acomodo en el asiento, preparándome para escuchar la historia sin perder detalle.
  -Cuando estaba acabando el instituto, trabajaba en un restaurante cerca de la universidad. Tu padre iba a la Facultad de Medicina y le había visto varias veces pasar, pero nunca me había llamado la atención. Seguramente él tampoco se había fijado en mí. Una noche, tuve que hacer el turno de una compañera que estaba enferma y me tocó atender una fiesta que había en el local por el cumpleaños de un chico. Resultó ser que el chico del cumpleaños era tu padre. Esa noche yo estaba de un humor de perros, porque no iba a poder salir de fiesta y tenía que aguantar a un grupo de chicos bailando y medio borrachos. El cumpleañero se me acercó para pedirme que cambiara el hilo musical, ya que según él, "esa no era música lo suficientemente marchosa". Tal y como estaba, lo último que me apetecía era escuchar a un universitario que se creía John Travolta con una chaqueta de cuero y el pelo engominado. Cuando le contesté de mala manera y le di de forma brusca el mando del equipo musical, se rió -me mira con un brillo increíble en los ojos, pero no precisamente por las lágrimas. De felicidad. Se me corta la respiración al ver a mi madre feliz-. Nunca se me olvidará esa risa, Brooklyn. ¿Y su sonrisa? ¡Oh, Dios Santo! La más bonita que he visto en mi vida. Al reírse, aguantando mucho la respiración, le miré fijamente, intentando averiguar qué le hacía tanta gracia. Me dijo entonces que tenía los ojos más bonitos que había visto. Yo en aquel momento, tenía novio y sabía por donde estaban yendo los tiros, así que le dije que tenía que volver al trabajo. Él, a regañadientes, se fue.
  >>Cuando entré en la universidad, seguía sin olvidarme del John Travolta pelirrojo que había conocido casi un año antes. Había terminado con mi antiguo novio y me moría por encontrarle, pero sabía que era un imposible, ya que no tenía ningún dato suyo. Poco a poco me fui olvidando de la idea. Abigail, mi mejor amiga de la universidad, estaba saliendo con un chico, y estaba empeñadísima en emparejarme con el mejor amigo de su novio.
  -Espera -interrumpo de repente-, ¿Abigail es Abbie, la madre de Mace? -pregunto con la intención de aclarar mis ideas.
  -Sí -contesta con una sonrisa mi madre-. El caso es que yo no quería hacer una cena de parejitas, pero al final Abigail terminó por convencerme. Fui, aunque no del todo convencida. Al llegar, cuando le vi con la chaqueta de cuero en pleno julio, quise desaparecer. 
  -¿Papá? -pregunto anonadada.
  -El mismo. Me dije a mi misma que me quería morir. Luego me enteré de que había estado todo planeado; tu padre le habló a Abbie un día de una chica rubia, de ojos azules que había conocido en Pippa's hacía unos meses, de la cual se enamoró al momento y no pudo olvidar. En cuanto volví a hablar con él, supe que sería mi marido.
  -¿Cómo estabas tan segura?
  - Sólo tenía que fijarme en cómo me miraba para saber cuánto me quería. Parecido a lo que te pasa con Mace.
  En ese momento quiero desaparecer o que algo me lleve muy, muy lejos de allí, donde las madres no sepan las cosas a través de una simple mirada. Abro la boca para decir algo, pero mi madre me interrumpe antes de que pueda hacerlo.
  -Sólo te pido que tengas cuidado. Haz lo que creas correcto. Confío en ti. 
  Mi madre se acerca a mí para darme un largo abrazo.
  -Te quiero -me dice antes de irse a trabajar.

  -¿Qué te ha picado a ti ahora con la cocina y la repostería? -le pregunto a Mace cuando, al bajar por las escaleras y dirigirme a la cocina, huelo a tostadas quemadas.
  -Quiero impresionarte -dice triunfal-. Pero no para conquistarte, ya que sé que eso lo tengo hecho. Quiero dejarte con la boca abierta cuando veas lo bien que cocino.
  De nuevo la imagen de ver a un chico tan masculino y alto con un delantal, esta vez de margaritas, se me hace de lo más cómica, aunque con un cierto punto irresistible. Me acerco hasta donde está para ver en qué está trabajando. Diez huevos se distribuyen a lo largo de la isla de la cocina, diez de ellos amenazando con caerse. Dos paquetes de harina descansan en la encimera con más contenido alrededor del paquete que dentro. Miles de especias y condimentos decoran la cocina en general. Me doy por vencida y decido preguntar. 
  -¿Qué se supone que estás haciendo?
  Mace levanta la vista de un bol con lo que parece una masa de algo, a la que está añadiendo sal -sí, es capaz de hacer galletas de chocolate saladas-, para mirarme entre herido y sorprendido, con cara de «¿es que no es evidente?». Efectivamente, su mirada se transforma en una frase y me echo a reír tras escuchar:
  -¿Es que no es evidente? 
  -Claro que lo es. Lo he sabido desde que he salido de mi habitación con intención de beber un poco de zumo. Lo que pasa es que las dudas han empezado a aflorar en mí en cuanto he visto que le echabas sal a esa mezcla misteriosa. 
  Me mira sin entender nada. Se lleva el dedo con el que estaba echando sal a la boca y maldice por lo bajo. 
  -¿Quieres galletas de coco saladas? -me pregunta ofreciéndome el bol.
  -¿Qué te parece si intentamos hacer algo menos arriesgado? Ya sabes, una receta que no necesite saber identificar lo dulce de lo salado, la sal del azúcar. ¿Te ves capacitado? 
  Me mira fijamente, abriendo en exceso los orificios nasales al respirar, exactamente lo que hace cuando se siente ofendido. Se acerca amenazante hasta a mi, pero su metro noventa y pico no frena el ataque de risa del que estoy siendo víctima. Me apoyo en una de las sillas de la cocina, porque peligro varias veces con caerme al doblarme por las carcajadas. 
  -¿Te parece gracioso? - me pregunta a menos de medio metro de mí.
  -No, no, para nada. No me estoy riendo. Ya paro, ya paro -me pongo recta y me seco las lágrimas de los ojos mientras intento recuperar la compostura-. Ah, por cierto, a partir de ahora, echa sacarina en el café, porque ya no me fío. 
  Tras esto vuelvo a estallar en un montón de carcajadas. Mace se ríe sin gracia y se dirige hacia la isla. Coge algo que no veo y vuelve a donde estaba. Cuando me pongo recta, me está mirando fijamente. 
  -¿Te has hecho algo en el pelo? -pregunta realmente interesado.
  -Oh, sí, me lo he lavado con un champú nuevo que lo deja más brillante -contesto, un tanto sorprendida por el cambio de tema.
  -Qué pena... -dice de repente.
  -¿Qué? 
  Esto último lo digo a la vez que Mace me estampa uno de los huevos que amenazaban con caerse sobre mi cabeza. El contenido empieza a deslizarse por mi pelo hasta llegar a la frente y luego la nariz. Me llevo la mano para retirarme los restos antes de que me lleguen a los ojos. Mace está plantado enfrente de mí, con una sonrisa radiante. Le miro furibunda durante unos instantes y finjo que me dirijo al fregadero para limpiarme, pero en el último momento cojo un puñado de esa-extraña-masa-salada-color-beige-con-tropezones-de-algo-blanco, o como Mace lo llama, galletas de coco, y lo arrojo hacia su cara. Mueve su cabeza hacia la derecha y la plasta únicamente alcanza la mitad de su cara. Pone una mueca de asco y se retira parte de la masa con el dorso de la mano. Coge uno de los paquetes de harina y vacía parte del contenido en la palma de su mano. Yo cojo una bandeja y la elevo por delante de mi cara, pero sin mucho éxito, porque me tira la harina justo en el momento en el que la llevo por debajo de mis ojos para ver lo que hace. Toso un par de veces y un polvo blanquecino sale por mi boca. Esto provoca una sonora carcajada proveniente de Mace. Sin pensármelo dos veces, tomo un sirope -aún por determinar de qué sabor es- y lo aprieto contra él. Se sube la camiseta para protegerse la cara, y entonces paso a "siropear" sus perfectos abdominales. Oh, Dios, parece que están diseñados para levar sirope de ¿chocolate?, ¿caramelo?, encima. Babeo un par de segundos, pero sacudo la cabeza para concentrarme. ¿Qué te pasa, Brook? Es el enemigo. Es el enemigo de la guerra de comida que se está llevando a cabo en tu cocina. 
  Mientras disputo una guerra contra mis ojos, ordenándoles que dejen de mirar a sus músculos inmediatamente, Mace coge un bote de mostaza. Aquí es cuando me pregunto qué demonios hará un bote de mostaza en una encimera en la que se están haciendo galletas, pero se trata de Mace, así que es mejor no buscar una explicación congruente. Empieza a echarme el contenido del bote por la cara, y decido hacer lo mismo que él, así que me levanto la camiseta para taparme los ojos. Entonces noto que ha parado de exprimir el bote. Bajo la camiseta lentamente para ver qué le ha pasado y le encuentro con las manos sobre sus ojos, tapándoselos. 
  -Eso no vale -grita, aún con los ojos tras las manos-, eso es juego sucio. Te has levantado la camiseta. No puedo seguir.
  Me acerco lentamente a él. Le quito las manos y luego me deshago de su camiseta. Le empiezo a besar, a lo que él responde sin demora. Me coge en brazos y me lleva hasta la isla, donde me sienta, haciendo que los tres huevos que aún quedaban vivos, acaben con el mismo destino que sus compañeros. Me quita la camiseta. 
  -¿No decías que eso era juego sucio? -pregunto arrugando la nariz.
  -Seamos sucios -propone, encogiéndose de hombros. 
  Nos besamos durante horas hasta que uno de los dos propuso limpiar el desastre que habíamos creado. 
  Y vale, he de reconocer que al final no quedó ni rastro de sirope de caramelo-chocolate en sus -perfectos- abdominales. 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Capítulo 15: Mace

    Brooklyn desayuna, a la vez que lee el periódico, a la vez que se pone un mechón de su pelo sobre el labio superior, fingiendo que tiene un bigote, y todo esto con sus gafas de leer. Parece ser que hacer eso con su pelo es su forma de concentrarse, porque únicamente deja de hacerlo para llevarse una cucharada de cereales a la boca. Saco el móvil sigilosamente y me apresuro a hacer una foto de la mueca que hace Brook cuando al pasar página se encuentra con la sección de economía.
  Hoy vamos a tener nuestra primera-segunda cita, ya que aún no quedó muy claro si la primera de verdad lo había sido o no, porque a pesar de haber sido la primera no contaría si no es una cita, por lo que la de hoy, al ser una cita-de-verdad, contaría, por lo que pasaría a ser una primera cita y lo otro un prólogo-de-cita, entonces se supone que sí, hoy es mi primera cita con Brooklyn. 
  Que conste que toda esa deducción es un mérito teniendo en cuenta lo pronto que es.
  Brook levanta la vista al sentirse observada, ya que la llevo mirando un buen rato, y se sonroja ligeramente, luego se pone bizca y me saca la lengua fugazmente, para después seguir analizando el periódico. En ese momento dejo de estar sentado en una silla y me pongo a flotar por toda la cocina, hasta que me habla sin despegar los ojos del papel.
  -¿Sabes ya a qué sitio me vas a llevar?
  -Si.
  Lo llevo sabiendo desde que me dijo que tenía pánico a las alturas, pero prefiero no dar muchas pistas.
  -¿Y cuál es el lugar elegido, si se puede saber? -pregunta.
  -No puedo decir nada; es una sorpresa.
  -Oh, vamos, una pista aunque sea.
  -Digamos que es algo grande, muy grande.
  Levanta por primera vez la vista del papel y me mira fijamente.

  Llevo a Brook con los ojos tapados con una cosa de esas que parece una bufanda -y que ella ha llamado fouulaaard o algo parecido- todo el camino hasta llegar a nuestro destino. Cuando empieza a oír el bullicio, se tensa ligeramente.
  -¿Dónde estamos? -pregunta varias veces, obteniendo siempre la misma respuesta.
  -Ah, pues no tengo ni idea, me he perdido -contesto yo a modo de misma respuesta.
  Cuando por fin llegamos, la mantengo varios segundos de más con la venda. Empiezo a desatar el nudo. Ella, al ver que lo retraso demasiado, lleva impacientemente sus manos hasta el fouulaaard para deshacer el nudo.
  -¿Tú que opinas de las norias gigantes? -alcanzo a decir, justo antes de que abra los ojos como platos y su mandíbula se desencaje.

     He de decir que Brook es más fuerte de lo que parece, porque me ha costado bastante sujetarla para que no se escapase tras ver el London Eye delante de ella. Durante la cola ha estado cruzada de brazos con la expresión en la cara que se le queda a un niño pequeño cuando le obligas a acostarse pronto.

  -Que sepas que no pienso entrar -dice sin mirarme-. Ni hablar, ni loca, ah-ah, ni en sueños. Me parece fatal que, sabiendo el miedo que me dan las alturas, me traigas a una atracción de estas.
  -Bueno, deberías saber que técnicamente no es una atracción -digo mientras me encojo en hombros-, más bien es un centro turis... -decido callarme al ver la mirada asesina que aparece en su gesto cuando se gira para mirarme por encima del hombro.
  -Me da igual lo que sea, está muy alto.
  -No decías eso cuando mis besos te subían a la estratosfera, nena -contesto mientras guiño un ojo e imito a una pistola con los dedos índice y pulgar a la vez que finjo que disparo.
  Brooklyn se gira amenazante, dispuesta a pegarme pero en ese momento nos indican que ya podemos entrar a nuestra cabina y se para en seco cuando digo:
  -Bueno, no se puede equiparar a lo que sientes cuando estás conmigo, pero algo es algo.
  Murmura algo que parece ser un insulto o una blasfemia y me sigue hacia la cabina. 
  Hay varias parejas más y un grupo de niñas que no dejan de hacerse fotos.
  -¿Por qué no dejan de hacer fotos? -pregunta Brook, respirando fuertemente y abriendo mucho los ojos-. ¿Aquí no es como en los aviones, que se puede caer?
  -¡Es verdad! -digo enérgicamente, dándome una palmada en la frente-. Y los teléfonos 
móviles... Espera -exclamo quedándome inmóvil, como si me acabara de acordar de algo-,  ¿y la gente que esté escuchando música? ¿Los niños con las vídeo-consolas? Madre mía, ¿y las señoras con un marca-pasos? ¡Oh, que Dios nos pille confesados! -exclamo con gesto teatral.
  Brooklyn me mira con una expresión extraña al notar, ligeramente, que la estoy tomando el pelo, ligeramente también. Arruga el entrecejo y la nariz y se dispone a darme el puñetazo del siglo, pero justo antes de eso, alguien grita algo de una fotografía en grupo y Brook traga saliva, aún asociando conceptos entre los aparatos electrónicos y la caída de los aviones.

  Cuando la cabina empieza a moverse, cierra los ojos con fuerza mientras se aferra con las uñas a mi hombro. La rodeo con mis brazos y la beso en la coronilla. Ella alza la cabeza y me mira tímidamente, como si no me conociera. Se separa lentamente y se acerca al cristal, apoya la frente y mira fijamente al exterior. Me pongo a su lado y veo que no tiene los ojos abiertos, todo lo contrario; los tiene cerrados con fuerza mientras arruga la nariz. Me coloco detrás de ella y la beso el cuello. Abre lentamente los ojos y da un grito ahogado al ver la altura a la que nos encontramos. Tras un par de segundos inquieta, sin parar de pestañear o de cambiar el peso de un pie al otro, por fin se queda absolutamente tranquila. Mira con interés a través del cristal y mueve constantemente los ojos, como si quisiera atrapar todos los detalles con sus pupilas. Parece mentira que lleve aquí toda una vida. 
  Se gira y me mira con los ojos brillantes mientras se muerde el labio inferior. Está tan guapa cuando hace eso. Se me acelera el corazón sólo de pensarlo. Se acerca a mi lentamente y me da un beso en la mejilla, dejándome una pequeña marca de brillo de labios. Me da las gracias con un susurro al oído y se vuelve a girar. 
  En ese momento deseo decirla tantas cosas. Tantos sentimientos. Tantas palabras. Quiero decirle que es lo mejor que tengo y que he podido llegar a tener. Quiero que sepa que cada vez que sonríe, que se ríe, que se agita el pelo cuando está alegre o que se toquetea las uñas cuando está nerviosa, cada vez que se mira insegura en el espejo para después preguntarme si algo le queda bien, que se mancha el labio de espuma al beber café y se lo quita con la lengua, que cierra los ojos al escuchar música, que me pide que le alcance algo de una estantería porque no llega, que me dice buenos días con una sonrisa o buenas noches guiñando un ojo, cada vez que me mira durante más de cinco segundos seguidos a los ojos... Cada vez que hace infinitas cosas, vivo un poco más. Quizás ella no sepa que quiero pasar el resto de mi vida con ella, ni que cada vez que veo una lágrima a punto de precipitarse al vacío desde su barbilla tras haber llorado, algo, una luz, se apaga lentamente en mi interior. Eso no lo sabe. Y quiero que lo sepa. Pero, ¿cómo expresar algo que ni tú mismo sabrías definir? Me cuesta horrores hacerle saber lo que siento, lo que pasa por mi mente y lo que ella significa para mi. Digamos que en parte tengo miedo a que ella no sienta lo mismo. ¿Y si ella sólo quiere estar conmigo este verano? Es más, ¿y si ella sólo quiere estar conmigo el tiempo que yo esté aquí?
  -Muchas gracias -me mira con los ojos brillantes-. Gracias por haberme traído aquí.
  Mi corazón da un vuelco cuando le veo sonreír.
  -No es nada.
  Me acerco lentamente a ella, quien cierra despacio los ojos sabiendo qué es lo siguiente.
  En ese momento percibo la luz fugaz de un flash y ella gira rápidamente la cabeza. Traga saliva con dificultad, y en ese momento me doy cuenta de que aún tiene miedo. Una sacudida para mis pensamientos. Una voz anuncia por un altavoz que hay problemas técnicos y que tardarán unos minutos en arreglarlo.
  Me giro para tranquilizar a Brooklyn, pero en ese momento se desvanece, cayendo al suelo como si su alma hubiera dejado de estar en su cuerpo.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Capítulo 14: Brooklyn

  Hoy me he ido a mi trabajo antes para que Mace no me acompañara. Aún me duele lo que pasó anoche y no soy capaz de hablarle, no porque no quiera, sino porque no sabría qué decir. ¡Es que no puede hacer eso! Bueno, vale que se haya podido liar con esa chica, lo entiendo, es normal, yo también me liaría con él -aunque ya lo haya hecho-, pero no puede seguirle el tonteo, ni tampoco dejar que le toquetee. No, no, no. Aunque es cierto que Matt me besó, yo no tuve la culpa. Fue algo que hizo él. ¿Y decirle qué soy «la hija de una amiga de su madre»? Oh, vamos. ¿En serio? Es que para él sólo soy eso. ¿«La hija de una amiga de su madre»? 
  De repente trago saliva lentamente al pensar en esa posibilidad. ¿Y si para él sólo soy eso? Noto un sudor frío que recorre mi espalda acompañado de un mareo instantáneo que hace que me tenga que sentar en el primer banco que veo. ¿Y si es eso? ¿Y si en realidad Matt tenía razón? Niego con la cabeza enérgicamente para quitarme esa idea de la cabeza. ¿Qué me pasa? Es sólo un chico, ¿verdad, Brook? No pasa nada si no le interesas para nada más. En cuanto pienso eso siento un leve temblor en las piernas y agradezco el haberme sentado, porque probablemente me caería al suelo si hubiera estado de pie. Si tanto me preocupa es por algo. Puede... puede que le quiera. «Wua ja ja ja ja» suelto una carcajada típica de las películas de miedo. Una mujer que pasa por enfrente de mí me mira abriendo mucho los ojos y niega con la cabeza.
  -Estos jóvenes de hoy en día parecen más primates que humanos -dice total y absolutamente indignada.
  Me levanto del banco al fijarme en que debería darme prisa en llegar a la heladería.
  ¿Es eso? ¿Le quieres? Me río en silencio al ver lo absurdo que es. ¡Pero si le conoces de apenas unas semanas! Una imagen de Mace sonriendo asalta mi mente. Sonrío yo al pensar en él y me doy cuenta de que puede que tampoco sea tan malo ni tan absurdo. Entonces siento nauseas al pensar que puede que me haya vuelto a enamorar. Pensaba que desde lo de Jem estaba destinada a vivir sola y con la triste compañía de ocho gatos que únicamente se acercan a mí por la comida.
  Acelero el paso los últimos metros que me separan de la heladería y entro con una mano apretándome la tripa cuando las nauseas vuelven a manifestarse. Tengo que llegar al baño. Dirijo mi mirada hacia la derecha y veo al encargado, sí, el de las fantasías de Nicole, pero no está solo. Hay alguien a su lado.
  -Hola, Brook -me saluda desde el mostrador con una sonrisa.
  El chico que está a su izquierda me mira tímidamente.
  -Éste es Trevor -dice James mientras le señala amistosamente.
  No aguanto más. Miro hacia las mesas y veo un cubo destinado a la limpieza que está a punto de ser pluriempleado. Lo cojo.
  -Hola, Brook, encantado. ¿Brook de qué nombre vie...?
  No le doy tiempo a terminar porque antes de que lo haga le levanto el dedo índice en señal de que espere un momento y utilizo el cubo para su nueva función de contenedor-de-comida-descomida.

  Tras haberle jurado al encargado que no estoy enferma ni embarazada y que puede trabajar, se va y Trevor y yo nos quedamos solos.
  -¿Seguro que estás bien? -me pregunta recolocándose la gorra mientras me mira de hito en hito.
  -Sí, sí. Es que me he mareado, pero ya estoy mejor -digo restándole importancia-. Gracias.
  -No hay por qué.
  Nos quedamos en silencio durante unos minutos, sólo se escucha el leve hilo musical que proviene del techo. Hoy es un día bastante tranquilo en el que apenas ha venido gente. Trevor está apoyado en el mostrador con ambas manos y los brazos totalmente estirados mientras yo me dedico a colocar los siropes primero por colores y luego por orden alfabético.
  -Aún no me has dicho de qué nombre viene Brook -observa mientras una sonrisa aparece en su rostro. 
  Me giro hacia donde está y le observo unos minutos en silencio. Tiene el pelo rubio y corto, aunque por delante se lo echa hacia atrás como si fuera un tupé con la raya a la izquierda. Queda muy bien, muy bien. Sus ojos casi grises están protegidos por unas gafas Ray-Ban estilo Wayfarer. Tiene pinta de empollón. Pero de empollón que es condenadamente guapo y que lleva un peinado retro que le queda condenadamente bien. 
  -Es Brook de Brooklyn -contesto con tono desenfadado.
  -Vale -me dice lentamente, y ahora que nos conocemos un poco más, ¿me podrías decir qué te pasa?
  Me río ante la soltura de un chico que parece tan extremadamente tímido.
  -Es por un chico -articulo con dolor al pensar en Mace y referirme a él de esa forma.
  -Ahá -asiente Trevor lentamente-. Al menos ya sabemos que no es por el medio ambiente.
  Eso me arranca una sonrisa.
  -¿Y qué ha pasado? -tira de la cuerda aunque no se dé cuenta de que se la estoy cediendo., 
  -Es que... Bueno, es muy largo de contar -explico no del todo convencida.
  -Da igual -exclama-, tenemos hasta que se caduquen los siropes y haya que ir a comprar.
  Le cuento lo más rápido que puedo todo lo ocurrido en estos últimos días mientras él se echa el pelo hacia atrás y se recoloca las gafas. Él asiente y contesta a algunos de mis  «¿no?» o «¿a que sí?» con un «es que no hay derecho» digno de ser oído. De vez en cuando hace alguna pregunta, pero por lo demás, me escucha a la vez que me mira fijamente. Cuando termino, tarda unos 10 segundos en hablar. Se lleva la mano a la barbilla y asiente  despacio mientras se acaricia la barba incipiente. Me mira y pestañea un par de veces, con unas pestañas que incluso podrían hacer competencia a las de Mace. Empiezo a ponerme nerviosa, porque no dice nada. pero nada. Se limita a mirarme con cara de poker, sin inmutarse. Abre la boca para decir algo, pero se lo piensa mejor y la vuelve a cerrar. Finalmente, me hace la pregunta. La única pregunta que no quería que me hiciera, va y me la hace.
  -¿Le quieres? -me pregunta lentamente, como si hablara con una persona que habla otro idioma.
  -No lo sé -contesto sin mentir.
  -Le quieres -afirma rotundamente mientras se quita las gafas para limpiarlas con el borde de su camiseta. 
  -¿Y eso por qué? Me lo acabas de preguntar.
  -Sé que le quieres, estaba haciendo una pregunta sin esperar una repuesta.
  -Apenas le conozco. Me gusta mucho y todo eso, pero no sé si le quiero -me llevo la mano al pelo y empiezo a toquetear de forma nerviosa mi trenza.
  -No es malo querer a alguien, lo malo es que esa persona no sienta lo mismo por ti.
  -¡Oh, vamos! ¿Pero tú de donde has salido? 
  -¿Qué tal si hablas con él?
  Asiento lentamente con la mirada perdida.
  -¿Y lo de Matt? -pregunto arrugando la nariz.
  -¿Ya se ha ido? 
  -Sí.
  -Ahora mismo es mejor que ese tema lo apartes, porque si lo habláis por teléfono o por lo que sea, solo lo empeorareis. Queda con él cuando vuelva. 
  Se produce otro espacio de tiempo llenado con silencio.
  -¿Vivianne sabe algo? 
  Muevo la cabeza de un lado a otro a modo de respuesta.
  -Mejor, eso es que él no se lo ha dicho.
  -Lo más seguro es que haya sido un simple desliz, no tengo por qué darle tantas vueltas -digo intentando convencer a Trevor y a la vez intentando convencerme a mí.
  -Tú simplemente vuelve a estar con Mace como si nada hubiera pasado. Le quieres, reconócelo de una vez.
  Me paso el resto del día hasta volver a casa preguntándome si realmente quiero o no a Mace, y también, en cualquiera de los dos casos, qué tendría que hacer. Querer a alguien no está tan mal, ¿no? Al fin y al cabo, es el mismo sentido que querer a un amigo, a un perro o a una camiseta... ¿verdad? Pego un gruñido en voz alta mientras camino por la calle y un gato que pasa a mi lado se crispa y se cambia de acera. Acelero el paso, con renovadas ganas de ver a Mace y de abrazarle. Lo acabo de decidir, actuaré como si nada. Si algún día tengo ganas de decirle lo que creo que empiezo a sentir, se lo diré, pero no hoy ni mañana. No. Algún día de estos, sin agobios. Pero ahora mi mundo de derrumba cuando la idea de que Mace ya no quiera nada conmigo se me pasa por la cabeza. Me pellizco en el brazo para dejar de tener ese tipo de pensamientos hasta que abro la boca con un grito ahogado por el dolor. Me paso la mano por la cicatriz que aún conservo de la pelea con Vivianne y recuerdo todo lo pasado, todo lo que Mace hizo por mí, lo dulce y atento que fue. Se me forma un nudo en la garganta y una ola de tristeza repentina se aproxima amenazante hasta mí, pero llego a la orilla antes que ella, de forma que únicamente la espuma formada me toca los talones.
  Aprieto el paso los últimos metros que me separan de mi casa y entro. Subo a mi habitación corriendo y abro la puerta sin encender la luz. Tiro la mochila al inteior sin mirar dentro y justo al cerrar la puerta, una brisa con olor a flores me embriaga. Asomo la cabeza y enciendo la luz. Un ramo de flores descansa en mi almohada, como si esa hubiera sido su posición de siempre. Me acerco y cojo la tarjeta que está sobre las orquídeas dispuesta a averiguar quién ha dado permiso a esas flores a dormir en mi cama.
Lo siento mucho. Espero que esto sirva como entrante para que me perdones.                     
  Oigo un ruido en la puerta y me giro con la carta apretada contra mi pecho y los ojos borrosos por las lágrimas. Le observo mientras él hace un gesto con las cejas. Sonrío, por dentro intencionadamente y por fuera sin darme cuenta. Me acerco a él lentamente, con la carta en las manos arrugada por la presión de los nervios. Me mira de hito en hito, intrigado por mi reacción. Ni yo misma sé si es alegría, pena, rabia, amor. No sé qué narices es.
  -¿Y bien? -pregunta por fin.
  -Tú solo dime cuál es el postre -digo antes de dejar caer la carta y lanzarme a sus labios.

martes, 7 de agosto de 2012

Capítulo 13: Mace

  Brooklyn sale cinco minutos más tarde de la heladería. La espero en el mismo lugar de siempre, con la misma pose de siempre. Me saluda sonriente desde la otra acera y se acerca hasta donde estoy. Me da un cariñoso beso en la mejilla y yo le cojo la mochila.
  -¿Qué tal el día? -pregunto mientras me echo el pelo hacia atrás.
  -Bien, pero Nicole se va la semana que viene unos días, y más me vale que si viene alguien nuevo, sea agradable, porque estar ahí vendiendo helados es mortalmente aburrido.
  -¿No ha venido nadie interesado en el puesto?
  -¡Qué va! -contesta elevando los brazos-. Aún no han colgado lo de «se necesita personal». He salido más tarde porque me acabo de enterar.
  -¿Por eso has hecho que este caramelito se derrita de calor aquí afuera?
  -Oh, vamos. Sabes perfectamente que sólo te derrites cuando estoy a tu lado -dice sonriendo de lado.
  Le revuelvo el pelo y ella suelta un gruñido, sacándome una sonrisa.
  -¿Has conseguido hablar con Matt? -le pregunto.
  -Em, sí, sí. Ha venido hoy a la heladería y hemos estado hablando un rato -me mira fugazmente y traga saliva.
  -¿Y todo bien?
  -Sí, sí. Genial -dice sonriendo, pero de una forma un tanto extraña.
  Decido que a lo mejor no quiere hablar del tema y cambio de conversación rápidamente. 
  -¿Cuándo piensas llevarme al London Eye? Porque si he pagado una visita turística por Londres, es para ver todo.
  -¡Já! -dice echando la cabeza ligeramente hacia atrás-. A mí no me has pagado. Y si se supone que me tienes que pagar, lo estoy esperando.
  -Entonces espera sentada -digo dándole una palmada en el hombro.
  -Pues te quedas sin visitar el London Eye.
  -Pues te quedas sin esto -digo haciendo un gesto general que abarca todo mi cuerpo.
  -Pues te quedas sin Miss Culito Perfecto -dice aguantándome la mirada, desafiante.
  -... ¿Y cuánto dices que cobras por visita? -pregunto sacando mi cartera del bolsillo de atrás del pantalón.

  Se supone que cuando algo te gusta mucho, quieres compartirlo, pero no dejándoselo a los  demás, no vaya a ser que lo rompan o lo dañen, sino hablando de ello y dándolo a conocer. Tampoco quieres que nadie lo posea, porque el sentimiento que nos recorre al tener algo bonito, algo que nos gusta, pero que sólo tenemos nosotros, es increíble. Hay veces en las que ni siquiera hablas de ello; no quieres dar el lujo a los demás de darles a conocer algo tan maravilloso y tan tuyo. Es como cuando ves una película por casualidad. Estás cambiando de canal y de repente ¡zas!, aparece una película de la que nunca habías oído hablar. No sabías ni que existía. Pero ahí estás. Embelesado con la película. Te encanta. Al día siguiente preguntas a tus amigos que si vieron la película de no-se-qué canal. Y ellos te dicen que no y te preguntan por el título. Tú dices que no te acuerdas. Pero, ¿cómo no te vas a acordar si es la mejor película que has visto en tu vida? Tampoco sabes por qué no lo dices, total, es una simple película. Seguro que millones de personas ya la han visto. Pero el mero hecho de que nadie de tu entorno lo haya hecho te hace sentir que eres parte de ello, que es tu pequeño tesoro. Esa sensación es fantástica. El saber que hay algo que es tu secreto, tuyo y de nadie más. Con pocas cosas puedes sentir eso. Ahora todo se sabe a los pocos segundos de haber pasado y nada es un secreto. Pero en este caso sí.
  Es raro, pero algo muy parecido me pasa con Brooklyn. Es estupenda, maravillosa, increíble, única, extraordinaria, magnífica, fascinante, y podría seguir así el tiempo que quisiera, pero el caso es que es mi pequeño secreto. Mi tesoro -como diría Golum-. Puede que también haya sido el pequeño secreto de muchos, o quizá de nadie, pero ahora es el mio. Y eso me hace sentir especial, algo que nunca antes había sentido. 
  Me gusta de veras. Más que cualquier otra chica que haya conocido o que pueda llegar a conocer, pero no sé como demostrárselo o como saber si ella siente tanto por mí. 
  Me doy cuenta de que mientras estoy ensimismado en mis pensamientos, estoy mirando a Brook fijamente. Ella me toca el hombro con un dedo, como un niño que toca un insecto muerto con un palo. Sacudo la cabeza varias veces y vuelvo en sí.
  -¿Estás bien? -me pregunta al otro lado de la mesa.
  -Sí, sí. Estaba pensando -digo recolocándome en el asiento.
  -¿Y en qué pensabas?
  -En por qué los Teletubbies tenían una aspiradora mágica y yo no.
  -Quizás no te la merecías -dice antes de dar un sorbo a su vaso de agua.
  -Oh, vamos. Si yo de pequeño era un encanto.
  Me mira entornando los ojos y abre la boca para decir algo, pero luego la vuelve a cerrar para reírse y negar con la cabeza
  -¿Qué pasa? -enarco una ceja para aportar un poco de dramatismo.
  -No eras un encanto -declara haciendo aspavientos con las manos-. Y lo sabes -termina mirándome  mientras sonríe.
  -¡Lo era! Y ahora más -exclamo de forma triunfal.
  -Pero si intentabas pegarme mocos -dice entrecerrando los ojos y hablando de forma casi inaudible.
  -Bueno, esa fue una etapa oscura en mi vida. Prefiero no hablar de ello -susurro cabizbajo.
  -Así que lo reconoces, ¿eh? Yo creo que ahí estabas enamorado de mí y no sabías cómo expresarlo.
  La miro con los ojos muy abiertos y emito un ruido que es una carcajada pero que parece de todo menos eso.
  -Sip -completa asintiendo, totalmente convencida-. Tú lo sabes -me señala con el dedo índice-. Yo lo sé -se señala a sí misma con el dedo pulgar-. Él lo sabe -señala a un hombre que está a nuestra derecha comiéndose una hamburguesa. En el momento en el que le miramos, muerde el alimento y se dispone a masticarlo. Se gira hacia nosotros con la boca abierta y llena de comida al notar que le observamos. Brook le saluda y él levanta un pulgar lleno de salsa en señal de asentimiento.- ¿Ves? Claramente él lo sabe todo.
  Los dos empezamos a reír hasta que las lágrimas acuden a nuestros ojos
  -¿Mace?
  Me giro y veo a Jin de pie detrás de mí, sonriendo. Esto no puede estar pasando.
  -No me lo puedo creer -dice mientras se ríe-. ¡Pensaba que no te iba a ver en meses!
  -Ya, ni yo. ¿Qué haces aquí? -digo mientras me levanto y me coloco enfrente de ella.
  -Estoy con mis tíos pasando unos días y he venido a cenar con ellos. ¿Y tú qué?
  -Yo estoy todo el verano en casa de una amiga de mi madre y he venido con su hija -digo mientras señalo brevemente a Brook, que contempla la escena con la barbilla apoyada sobre las manos cruzadas.
  -Me gustaría verte un día de estos -susurra Jin mientras propasa el perímetro de seguridad y juguetea con el cuello de mi camiseta-. El otro día me dejaste con ganas de más -me guiña un ojo y sonríe mordiéndose el labio inferior. Oigo un ruido que proviene de detrás de mí, pero no le presto mucha atención. Me doy cuenta de que estoy muy cerca de ella y doy un paso hacia atrás. 
  -No creo que pueda, Jin.
  -¡Jin! -grita alguien unas mesas más atrás. Ella se  gira y pone cara de fastidio.
  -Me tengo que ir. Ya tienes mi número. Dime cuándo puedes y nos vemos -me da un beso en la mejilla y se aleja.
  Me doy la vuelta pero por un momento creo que me he equivocado de mesa porque no hay nadie más sentado. Brook no está. Estiro un poco el cuello para intentar verla, pero nada. Le pregunto a un camarero.
  -Sí. Una chica con unos ojos muy bonitos, ¿verdad? ¡Cómo olvidarse! -dice de forma agradable-. Se ha marchado hace un minuto. Ha pagado la cuenta de esta mesa y se ha ido -sonríe amablemente para luego volver a su trabajo.
  Atravieso el restaurante corriendo y salgo a la calle. Miro hacia la derecha y nada. Miro hacia la izquierda y veo una figura caminando a lo lejos. Voy tras ella mientras grito su nombre pero no se gira. Cuando voy a darme por vencido, dudando de que sea Brook, me doy cuenta de que lleva la misma trenza que ella y empiezo a correr hacia ella. La alcanzo y pongo la mano en su hombro, intentando recuperar el aliento. Ella se gira y me doy cuenta de que tiene los ojos empañados y el rastro de un par de lágrimas aún brillando en sus mejillas.
  -¿Qué quieres? -me pregunta cruzándose de brazos y sorbiéndose la nariz.
  -¿Cómo que qué quiero? Te has ido del restaurante -digo lentamente, con voz suave.
  -No quería estar presente si te la tirabas allí mismo.
  -¿Qué? -pregunto a la vez que me pregunto a mí mismo si he oído bien.
  -Ya sabes, como se había quedado «con ganas de más».
  Mierda.
  -No, Brook, no es lo que parece.
  -Pues dime lo que parece.
  -No es nadie, ¿vale? Es una chica que conocí hace tiempo, pero ya está. No hay nada entre ella y yo.
  -Y entonces por eso soy solamente la hija de una amiga de tu madre, ¿verdad?
  Apoyo las manos en los hombros de Brook, pero ella se revuelve ligeramente, sin creerse del todo mis palabras. Baja la cabeza y clava su mirada en el suelo.
  -Brooklyn, yo sólo te quiero a ti, ¿entiendes? No puedo borrar lo que he hecho en el pasado, aunque ahora me arrepienta, pero si pudiera, te aseguro que lo haría -le sujeto la barbilla y la elevo, haciendo que me mire-. Sólo quiero estar contigo.
  Una última lágrima cae lentamente hasta llegar a su mejilla, pero llevo mi dedo índice y la quito antes de que siga su trayectoria.
  La miro a los ojos y me siento totalmente despreciable por haberla hecho llorar. 
  -¿Enserio?
  -Sí, enserio.
  No dice nada más. Me mira y emprendemos en riguroso silencio el camino de vuelta.
  A los pocos minutos llegamos a casa de Brooklyn y cada uno se va muy pronto a su habitación. Casi ni hemos hablado desde lo ocurrido en la calle.

  Esa noche no sueño con el amor, ni con nada parecido. Sueño que soy un pirata que tiene el mejor de los tesoros. Probablemente incomparable con cualquier tesoro de cualquier cuento. Es el tesoro que cualquier pirata que se precie sueña con tener. ¿El tesoro de Levasseur? ¡Más quisiera él tener el mio! Mataría por tener aunque sea un mapa para encontrarlo. Pero mi tesoro no es un cofre lleno de oro, diamantes, ni lleno de llaves de coches de lujo. No. ¿Alhajas? ¡Já! Mi tesoro tiene los ojos azules y es el unicornio azul de los tesoros.  

viernes, 27 de julio de 2012

Capítulo 12: Brooklyn

  -¿Has hablado ya con Matt? -me pregunta Nicole mientras sopla para apartarse un rizado mechón de pelo negro de los ojos.
  -No, aún no he hablado con él y se va mañana, y aunque me muera de ganas, no pienso hacerlo.
  -Eso es, nena -contesta elevando el dedo índice y moviéndolo de atrás hacia delante-. No te arrastres. Son ellos los que tienen que venir hasta aquí. 
  Sonrío mientras veo entrar un cliente.
  -Ocúpate tú, cariño, voy a por un vaso de agua -dice mientras se mete en la trastienda.
  Desde que estoy trabajando en la heladeria, Nicole, mi compañera en Ben & Jerry's, se ha convertido en una de mis mejores amigas. Es una chica delgada, de tez negra y con una inmensa mata de pelo negro rizado. Su aspecto físico contrarresta a su carácter fuerte y su voz grave. En el tiempo que hemos pasado juntas, he podido contarle todo lo ocurrido con Mace y también lo de la fiesta de Matt.
  -Hola, buenos días -saludo con una sonrisa a la mujer mayor que se aproxima a paso lento hacia el mostrador.
  -Buenos días, preciosa. Dame un cucurucho pequeño.
  -¿De qué?
  -Mmm... De fresa -contesta con una amable sonrisa-. Oh, sí, el de fresa era el favorito de mi Arnold, pero ya no lo puede disfrutar. ¿Qué se le va a hacer?
  Le sirvo el helado y se lo paso por encima del mostrador. Ella lo recoge y me da el dinero. Se vuelve a dirigir hacia la salida, pero hay un chico sujetando la puerta. Ella asiente y sonríe en señal de agradecimiento mientras Matt se dirige hacia donde estoy yo. 
  -¿Puedes salir un momento? Quiero hablar contigo.
  -No -contesto sorprendentemente tajante-, estoy trabajando. Si quieres algo, dímelo aquí.
  -Verás, es que yo... -comienza Matt.
  La voz de Nicole desde la trastienda corta a Matt
  -Nena, sinceramente, me tiraba a Paul, el encargado. Oh, si. ¿Has visto que paque...? -dice justo en la puerta, pero se para en seco al ver a Matt. 
  Le lanza una mirada lasciva, entornando los ojos.
  -Cielo, vamos a hablar, ¿te importa dejarnos solos? -digo con voz dulce.
  -Voy a limpiar esas mesas de ahí -dice sin apartar los ojos de Matt y haciendo un ademán con la cabeza. Se aleja lentamente, y se gira unos segundos, llevándose los dedos índice y corazón a los ojos y luego apuntando con ellos a Matt. Se pone a unos metros de nosotros a limpiar unas mesas.
  -¿Qué quieres? -le pregunto siendo borde sin quererlo.
  -Yo... Quiero hablar sobre lo que pasó en la fiesta.
  -Ya -bajo la vista al suelo.
  -Por favor, ¿podemos ir fuera? Me siento incómodo... -dice mientras señala con la cabeza a Nicole, que está sentada en una mesa del final con las manos cruzadas y la barbilla apoyada en ellas. Al ver que la miramos, coge de nuevo la balleta y finge que limpia la mesa. Nos encaminamos hacia la salida bajo la atenta mirada de Nicole.
  -Verás, creo que hay alguien que tiene que pedirle disculpas a una persona -dice mirándome fijamente.
  -Sí, yo también lo creo -contesto para después quedarme callada esperando una disculpa, pero no llega-. ¿Y bien?
  -¿Qué? Estoy esperando a que llames a Vivi para pedirla perdón por tu comportamiento de la otra noche.
  -¿Que qué? -contesto apunto de estallar de la risa.
  -Brooklyn -Matt nunca me llama por mi nombre completo, esto es serio-, tu comportamiento la otra noche estuvo totalmente injustificado. Abordaste a Vivianne por hablar con Mace. No tiene sentido. ¿Es que tú no hablas con chicos o qué?
  -A ver, a ver -digo llevándome las manos a la frente y colocándome el pelo detrás de las orejas-. Creo que aquí ha habido un error. Yo no tengo que pedir perdón a nadie. 
  -Vamos, Brooklyn, sabes perfectamente que exageraste; no era necesario ponerse así. 
  -¿Así como? -pregunto exasperada-. ¿Sabes acaso lo que ocurrió? 
  -Sí, Vivi me lo ha contado todo. Está muy dolida con tu comportamiento. Ella pensaba que después del día en el centro comercial os habíais convertido en grandes amigas. 
  -Lo hice por tí. Sabes perfectamente que no la aguanto. Lo hice porque me lo pediste.
  -Pues podrías hacer lo que te pido ahora: dile a Vivianne que lo sientes.
  -¡Ni muerta! -exclamo elevando los brazos.
  -Es por Mace, ¿no? Ha sido él el que te ha dicho que te comportes así. Ya veo lo que te importo -dice dándose la vuelta y alejándose, para volver a los pocos segundos con la mano sobre la boca.
  -¿Qué? 
  -Oh, vamos, ¿qué te traes con el musculitos ese? No es tu tipo.
  -Qué sabrás tú -digo poniendo los ojos en blanco-. Además, eso a ti no te importa.
  -Me importa lo que hacen mis amigos.
  -Desde que pusiste antes a tu novia que a tu mejor amiga, ya no soy nada para ti.
  -No te das cuenta de nada -susurra.
  -¿Ah, no?
  -No. Mace no te quiere.
  Un nudo se me forma en el estómago al oír eso. Empiezo a sentirme mareada y agito la cabeza a un lado y al otro.
  -Solo le interesas para liarse contigo. Quizás si tiene suerte, para follar. Pero no te quiere. Brooklyn, te conozco desde hace muchísimo -dice mientras se acerca hasta mí-. No voy a permitir que un niñato como Mace te utilice. No te mereces eso. Él te quiere para lo que te quiere, pero yo... -le miro sin entender la situación-. Deja de comportarte como una niña tonta, que sé que no lo eres, y date un poco a valer.
  Las lágrimas empiezan a acudir hasta mis ojos, pero hago un esfuerzo sobrehumano para que no salgan. Miro al suelo, rezando para que empiecen a salir grietas y una de ellas me  absorba, me lleve hasta el centro de la Tierra y así pueda desaparecer.
  -Eres tú el que no se da cuenta de nada -digo elevando el tono, mientras niego con la cabeza, empezando a estar harta de esta conversación.
  -¿Que no me doy cuenta de qué? -pregunta.
  -¿Crees de verdad que fui hasta donde estaba Vivianne por el mero hecho de estar hablando con Mace? ¿No te parece sospechoso que Jem me dejara así porque si? ¿Sin dar explicaciones, cuando estábamos tan bien? -digo soltando toda la rabia acumulada.
  -¿De qué hablas? -pregunta extrañado, sin entender del todo a qué viene todo eso. Río sin que la situación me haga gracia.
  -Vivianne se lió con Jem cuando yo estaba con él y cuando ella estaba contigo. Jem me dejó así, sin más, pensando que yo no sabía nada, pero esa tarde les vi. Vi a tu novia abalanzarse sobre Jem mientras yo le compraba su regalo. El día de compras, Vivianne dió su teléfono a tres tíos. En tu fiesta Vivianne estaba acosando a Mace. No estaba hablando con él; se lo estaba ligando. Y me lo he callado tooodo este tiempo porque me dabas pena.  Te veía tan ilusionado con la relación, que no quería ser yo quien te bajara de esa nube. Pero no es justo. No es justo que me lo calle. No es justo que tengas que aguantar a esa chica. Pero qué mas da, ¿no? Total, mi comportamiento está injustificado.
  Matt me mira abriendo mucho los ojos.
  -Creo que tengo que irme -dice alejándose unos pasos de mí.
  -Matt, yo... -me arrepiento de haber sido tan dura.
  -No, déjalo -me corta mirándome con tristeza-. No quiero saber nada más -hace una pausa y me mira fijamente-. Yo... En realidad venía a decirte algo, algo que llevo queriendo decirte mucho tiempo, pero que no he podido porque no me salían las palabras.  Llevo todos estos días luchando conmigo mismo, dándome ánimos para venir y para hacerte saber algo que creo que es importante. Brooklyn, yo... -traga lentamente saliva y me mira a los ojos- Te quiero. Pero no como a una hermana ni como a una mejor amiga, no. Estoy enamorado de ti.
  Parpadeo varias veces y entonces me viene a la cabeza una imagen de Matt hace muchos años con brackets y el pelo más largo. 
  -Yo... yo no tenía ni idea -contesto despacio, asimilando la información.
  -Creo que lo disimulo bastante bien -dice, sonriendo con tristeza.
  Tenemos un corto espacio de tiempo en el cual lo único que se oye es la música tenue que se cuela por debajo de las puertas de la heladería. Le miro y por un momento le echo de menos, a pesar de que se encuentra a un metro de mí. Matt me mira y se acerca, y se acerca, y se acerca, hasta estar a escasos centímetros. Le miro sabiendo lo que va a pasar a continuación, y a pesar de saberlo, no hago nada por evitarlo. Posa sus labios sobre los mios y me besa suavemente. Lleva su mano a mi nuca y yo me olvido por completo de dónde estoy y de quién soy. Me separo a los pocos segundos.
  -Yo... Lo siento. No sé qué...
  -No, es igual. Vamos a olvidarlo -susurro negando con la cabeza-. 
  -Creo que es mejor que me vaya.
  Dicho esto, se da la vuelta y se aleja rápidamente. 
  Me siento tonta por lo que acaba de pasar. 
  Entro en el local y veo a Nicole hablando por el móvil. Rezo por que no haya visto en beso. Cuelga al instante de entrar.
  Me siento estúpida por lo que acaba de pasar.
  -¿Qué tal con Matt? -pregunta recolocándose la gorra del uniforme-. Me he perdido los últimos cinco minutos porque me ha llamado Josh. ¿Te puedes creer que hoy no vamos a poder vernos porque tiene un partido con sus amigos? Este chico no va a ver a Unga y Bunga en mucho tiempo -exclama tocándose primero un pecho y luego otro.
  Pasamos el resto del día aburridas. Poco antes de cerrar Mace me manda un mensaje en el que me pregunta si hoy quiero cenar con él. Le respondo que sí. Y nada más mandárselo, veo un chico a través de la cristalera de la tienda, con una sonrisa de las que hacen que me derrita pintada en la cara.

jueves, 19 de julio de 2012

Capítulo 11: Matthew

  Tienes que hablar con ella, me repito sin parar a mí mismo, no puedes dejarlo estar, no puedes aplazarlo para cuando vuelvas de Francia. En realidad me muero de ganas por hablar con ella. Me encantaría explicarle todo, pero el orgullo puede conmigo. Hace ya dos días, desde la fiesta, que no hablo con ella. Nunca había estado tanto tiempo sin Brooklyn. La necesito. Sé que lo que ocurrió no fue culpa mía, es más, fue entre ellas dos, pero es mi mejor amiga y le debo una disculpa. Vivianne apenas me habla; piensa que debí haberla defendido. Realmente no sé cómo se originó todo, pero la mayoría de los invitados aseguran que Vivi lo empezó. Otros, menos, dicen que la que tuvo la culpa fue Broklyn, ya que se acercó hasta donde estaban Mace y Vivianne hablando y que ella fue la responsable de todo. Esa es otra: Mace. ¿Quién es ese niñato y de dónde ha salido? Parece sacado de una serie de vigilantes de la playa, con el pelo que lleva y siempre sin camiseta. Es el típico chico que juega con las chicas, las utiliza, se las tira y luego se olvida de ellas. No quiero que Brook malgaste su tiempo con él. No me parece suficiente para ella; se merece más, mucho más. Lo que mas me molesta de esto es que ella es feliz. Hacía mucho tiempo que no la había visto sonreír tanto, y aunque no me haga ni pizca de gracia, en el fondo me alegro mucho por ella. Pero muy, muy, muy en el fondo.
  Creo que nunca he estado celoso. No soy de esa clase de chicos. Nunca lo he sido, al menos con mi pareja. ¿Y cómo se puede ser celoso con alguien que no es tu pareja? Es raro, pero la primera vez que he sentido celos en mi vida, es de alguien totalmente ajeno a mi novia. Y todo por una simple mancha de pintalabios rojo en un simple cuello de una simple camisa.

miércoles, 18 de julio de 2012

Capítulo 10: Brooklyn

  -Joder, tía, es de mi madre -dice al ver como el líquido fucsia llega hasta el vestido y se expande lentamente.
  Me encojo de hombros con cara de «ups, ha sido sin querer» y sonrío. Ella me da un puñetazo en la mejilla y noto un dolor agudo justo debajo del ojo. El impacto hace que me tambalee hacia atrás. Percibo que algo recorre mi pómulo derecho y me llevo la mano rápidamente hasta ahí para limpiar la sangre. Vivianne maldice en susurros y, con gesto de dolor, se presiona con la otra mano los nudillos de la izquierda. La gente permanece inmóvil a nuestro alrededor y no se muy bien qué hacer. Matt me mira horrorizado. Me acerco vacilante a Vivianne y le propino una patada en el estómago. Ella, nada más hacer yo eso, como un resorte, me empuja y me tira al suelo. Se abalanza sobre mí, cubriéndome de puñetazos. Intento defenderme lo mejor que puedo y de vez en cuando agradezco las dos clases de kick-boxing a las que asistí al devolver algún que otro revés, pero la mayor parte de mis golpes van destinados al aire. Busco a Mace con la mirada y entonces le veo. Se acerca hasta nosotras y coje a Vivianne por los hombros hasta separarla de mí. Un espontáneo me ayuda a levantarme, pero eso no impide que Vivianne termine lo que empezó. Cuando estoy colocándome el vestido, llega hasta mí y me empuja a la piscina. No descubro a qué me he agarrado hasta que noto pelo en mi mano. Al sacar la cabeza del agua veo a Vivianne chapoteando para llegar hasta el borde de la piscina, pero a una Vivianne con el pelo por los hombros, y no por la cintura. Miro mi mano y veo un matojo de pelos con un par de pinzas al final. Suelto el pelo postizo totalmente asqueada. ¡Lo sabía! Sabía que eso no era su pelo.
  -Zorra -dice mientras me mira con una mirada fulminante.
  Mace me ayuda a salir de la piscina, pero no veo a Matt por ninguna parte. Me abraza y al ver que estoy tiritando, me envuelve en su chaqueta -la chaqueta de Matt-. Me coge en brazos y nos dirigimos hasta mi casa, pero en algún momento del trayecto me quedo dormida o me desmayo, y no abro los ojos hasta que estoy en mi porche.
  Nos sentamos en los peldaños de la entrada. Hay un largo silencio y yo me limito a abrazarme las rodillas y a hundir la barbilla entre ellas. Me examino los brazos y me doy cuenta de que están llenos de arañazos y de futuros hematomas. Mace se ríe y yo le miro extrañada.
  -Menudos golpes pegabas al aire -me dice enarcando una ceja-. ¿Y la patada? Ni los guerreros de los videojuegos -dice exagerando el tono. Sé que no lo dice por hacerse el gracioso, si no para intentar sacarme una sonrisa y eso hace que me sienta enormemente afortunada. Noto como me vuelve a resbalar sangre por la mejilla y me limpio rápidamente. Mace se da cuenta por primera vez de la herida y la examina minuciosamente. Lleva dos dedos hasta el pómulo y lo acaricia de forma suave, pero al tocarlo hago una mueca de dolor.
  -¿Te duele mucho? -me pregunta.
  Niego con la cabeza y se mete en casa, saliendo al rato con hielo en un paño. Me coloca la tela en la mejilla y a los pocos segundos las gotas de sangre son sustituidas por gotas de agua, tanto del paño como de mis ojos. Mace cae en la cuenta de que estoy llorando en silencio y me abraza con fuerza. Al sentir sus brazos alrededor de mis hombros, empiezo a sollozar y al hacerlo, me siento estúpida y débil, lo que hace que llore mas.
  Intento hablar, pero lo único que salen de mi boca son sonidos entrecortados y gemidos.
  -Lo... lo siento -digo en un susurro-. No... no sé qué... qué me ha pasado. Yo no... yo... -intento terminar la frase, pero las palabras no consiguen salir.
  Mace me acaricia el pelo mientras me da besos en la coronilla. Esto me da un empujoncito para seguir hablando.
  -Matt no hizo nada... -digo incrédula a la vez que decepcionada-. Estaba allí, de pie, mirando... Pero no hizo nada...
  -No pasa nada -dice Mace-. Puede que no supiese qué hacer. A mí me pasó eso.
  -Tú me la quitaste de encima... Si no llegas a estar tú...
  Me estremezco entre los brazos de Mace al pensar en todo lo que hubiera podido pasar si él no llega a separar a Vivianne -quien, aunque me cueste reconocerlo, me estaba dando una paliza de las buenas-. Repentinamente dejo de llorar y me olvido de todo lo ocurrido durante unos segundos. En esos segundos me separo de Mace y él me mira de forma intensa, como si pudiera saber todo lo que pienso. Me siento desnuda ante esa forma de mirar. Me coloca de forma torpe un mechón tras la oreja y yo me derrito ante ese contacto. Me coge la barbilla con la mano y se acerca hasta que sus labios se posan en los míos. No es un beso apasionado ni de locura. No es un beso de final de película. No es ni un beso de película. Pero es el mejor beso que me han dado en mi vida. Al separarnos me dice que debería ir a dormir. Asiento obediente y me acompaña hasta mi habitación. 
  -Te voy a traer una taza de leche -susurra desde la puerta.
  Me quito la ropa y me pongo una camiseta ancha. Me siento en el borde de la cama para esperarle, pero antes de que llegue, ya estoy dormida.

  Me despierto metida en la cama y tapada con una manta. Aún me duele la herida y me cuesta unos minutos recordar todo lo ocurrido la noche anterior. Me levanto de la cama y me miro en el espejo. Giro la cabeza para poder ver mejor el pómulo y lo recorro con los dedos, rezando para que no aumente y para que no se note demasiado.
  Bajo las escaleras y al llegar al comedor, la luz hace que emita un gruñido digno de cualquier oso que se precie. Entorno los ojos y arrugo la frente, aun cegada por la excesiva luminosidad, mientras avanzo hasta la cocina. 
  -Hola -me saluda un Mace en vaqueros, sin camiseta y con un delantal de flores mientras agita una mano metida en una manopla de cocina a cuadros azules y blancos. Eso se merece una foto.
  Miro la encimera de la cocina y veo harina expandida por todos lados.
  Le devuelvo la sonrisa y avanzo hacia él. Espera. ¿Mace? ¿Levantado antes que yo? ¿Estamos en un mundo paralelo? 
   -¿Qué hora es? -le pregunto bostezando.
  -La una y dieciséis -me dice mirando su reloj de muñeca-. ¿Has dormido bien?
  -La una y dieciséis... La una... ¡La una y dieciséis! Mierda, mierda, mierda. Llego tarde -digo abriendo mucho los ojos, pero en el momento en el que doy un paso, me mareo y empiezo a tambalearme hasta que Mace se pone a mi lado y me sujeta.
  -Ya he llamado y les he dicho que estabas enferma.
  -Ah -digo asintiendo lentamente-. ¿Y mi madre?
  -Ha tenido que ir a no-se-qué editorial y me ha dicho que volverá a la hora de cenar.
  -Ah -digo de nuevo.
  Se oye un gruñido, pero esta vez no procede de mi boca sino de mi tripa. Me llevo las manos hasta ahí y aprieto.
  -¿Tienes hambre? -pregunta Mace.
  Asiento.
  -¡Perfecto! Estoy haciendo mi plato estrella -dice con una sonrisa triunfal. 
  En ese preciso momento, empiezo a oler a quemado y dirijo mi mirada hacia el horno, del que sale un espeso humo negro. Mace suelta un grito ahogado y se acerca hasta el horno sacudiendo el humo con un paño. Cojo el teléfono y me acerco hasta la nevera para marcar el número de las pizzas a domicilio. 
  -Hola, quería una pizza familiar -digo a la vez que Mace me enseña un rectángulo de algo carbonizado.

  -Aún no te he dado las gracias -digo llevándome un trozo de pizza a la boca-. Así que muchas gracias por lo de anoche. Te portaste genial conmigo.
  -No hay por qué darlas -balbucea con la boca llena de comida, ya que le he pillado masticando.
  Río divertida y le doy una toba en el hombro.
  -No se habla con la boca llena -recito de memoria lo que me decía mi madre cuando era pequeña.
  Le miro mientras mastica, sin que él se dé cuenta. Se siente observado y se gira para mirarme. Traga lentamente y me sonríe de forma encantadora. Siento una oleada de emociones que no sé muy bien de dónde proceden. Dejo mi trozo de pizza sobre el plato y me siento en el sofá en el que está él. Me mira sin entender lo que pasa al yo observarle de hito en hito.
  -¿Tengo algo en la cara? -me pregunta arrugando la frente mientras se lleva un dedo a la comisura de los labios.
  Niego lentamente con la cabeza y levanto mi mano hacia su mejilla para acariciarla. Me aproximo aún más y noto su respiración en mi frente. El último acercamiento lo protagoniza él y cuando sus labios están a escasos centímetros de los míos, cierro los ojos. Esta vez el beso es mucho más apasionado. Llevo mis manos hasta su cara y las paso por su barba incipiente. Él me sujeta la nuca y me empuja ligeramente hacia atrás, tumbándome en el sofá, debajo de él. Sigue besándome con ímpetu, intercalando de vez en cuando besos en la mandíbula y en el cuello. Lleva sus manos hasta mi cintura y yo las bajo hasta su espalda, acercándolo más a mí. Se separa, poco espacio, pero el suficiente para contemplarme. Me toca la nariz y yo me pongo bizca. Separa el dedo y lo vuelve a acercar y yo repito de nuevo el movimiento de ojos. Nos reímos. Me besa la frente, despacio, al igual que la nariz, luego la barbilla, y por último -y más que nada para hacerme sufrir- la boca. Pasa su mano por mi pelo, siguiendo cada onda, cada forma con los dedos. Sujeta un rizo entre los dedos pulgar e índice y lo estira, después lo suelta para que vuelva a su forma inicial. Seguimos besándonos durante horas, en un silencio que únicamente en contadas ocasiones, es interrumpido por alguna risa o algún suspiro.
  Cada vez que para de besarme y se separa para mirarme, siento algo que llevaba mucho, muchísimo tiempo sin sentir, algo que nunca pensé que podría sentir de nuevo, algo extraño y difícil de explicar. La sensación que te aporta una manta en el día más frío. La sensación que te aporta un vaso de agua tras un largo paseo. La sensación que te aporta un abrazo en un día triste. La sensación que te aporta un beso de alguien a quien quieres.