Muy lentamente, volvió la cabeza y miró a Shmuel, que ya no lloraba sino que tenía los ojos fijos en el suelo; parecía tratar de convencer a su alma para que saliera de su cuerpecito, flotara hacia la puerta y se elevara por el cielo, deslizándose a través de las nubes hasta estar muy lejos de allí.

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