-En serio, cielo, no sé cómo lo haces; cada vez que sales con Mace traes una herida nueva.
Mi madre me examina el bulto que me empieza a crecer en la parte derecha de la frente. Niega varias veces con la cabeza. Se aparta un par de centímetros mientras yo me llevo la bolsa de hielo a la frente, y me mira con gesto de preocupación. Rectifico. Con gesto de madre. Me acaricia la mandíbula dulcemente y me mira a los ojos.
-Te gusta mucho, ¿verdad?
Abro los ojos y la boca al mismo tiempo. Mi madre me mira y sonríe.
-Me recordáis a mí y a tu padre -dice despacio, como recordando acontecimientos.
Yo sonrío con melancolía.
-¿Sabes cómo nos conocimos? -pregunta, dispuesta a contarlo sea cual sea mi respuesta.
Niego con la cabeza, sacudiéndola, y me acomodo en el asiento, preparándome para escuchar la historia sin perder detalle.
-Cuando estaba acabando el instituto, trabajaba en un restaurante cerca de la universidad. Tu padre iba a la Facultad de Medicina y le había visto varias veces pasar, pero nunca me había llamado la atención. Seguramente él tampoco se había fijado en mí. Una noche, tuve que hacer el turno de una compañera que estaba enferma y me tocó atender una fiesta que había en el local por el cumpleaños de un chico. Resultó ser que el chico del cumpleaños era tu padre. Esa noche yo estaba de un humor de perros, porque no iba a poder salir de fiesta y tenía que aguantar a un grupo de chicos bailando y medio borrachos. El cumpleañero se me acercó para pedirme que cambiara el hilo musical, ya que según él, "esa no era música lo suficientemente marchosa". Tal y como estaba, lo último que me apetecía era escuchar a un universitario que se creía John Travolta con una chaqueta de cuero y el pelo engominado. Cuando le contesté de mala manera y le di de forma brusca el mando del equipo musical, se rió -me mira con un brillo increíble en los ojos, pero no precisamente por las lágrimas. De felicidad. Se me corta la respiración al ver a mi madre feliz-. Nunca se me olvidará esa risa, Brooklyn. ¿Y su sonrisa? ¡Oh, Dios Santo! La más bonita que he visto en mi vida. Al reírse, aguantando mucho la respiración, le miré fijamente, intentando averiguar qué le hacía tanta gracia. Me dijo entonces que tenía los ojos más bonitos que había visto. Yo en aquel momento, tenía novio y sabía por donde estaban yendo los tiros, así que le dije que tenía que volver al trabajo. Él, a regañadientes, se fue.
>>Cuando entré en la universidad, seguía sin olvidarme del John Travolta pelirrojo que había conocido casi un año antes. Había terminado con mi antiguo novio y me moría por encontrarle, pero sabía que era un imposible, ya que no tenía ningún dato suyo. Poco a poco me fui olvidando de la idea. Abigail, mi mejor amiga de la universidad, estaba saliendo con un chico, y estaba empeñadísima en emparejarme con el mejor amigo de su novio.
-Espera -interrumpo de repente-, ¿Abigail es Abbie, la madre de Mace? -pregunto con la intención de aclarar mis ideas.
-Sí -contesta con una sonrisa mi madre-. El caso es que yo no quería hacer una cena de parejitas, pero al final Abigail terminó por convencerme. Fui, aunque no del todo convencida. Al llegar, cuando le vi con la chaqueta de cuero en pleno julio, quise desaparecer.
-¿Papá? -pregunto anonadada.
-El mismo. Me dije a mi misma que me quería morir. Luego me enteré de que había estado todo planeado; tu padre le habló a Abbie un día de una chica rubia, de ojos azules que había conocido en Pippa's hacía unos meses, de la cual se enamoró al momento y no pudo olvidar. En cuanto volví a hablar con él, supe que sería mi marido.
-¿Cómo estabas tan segura?
- Sólo tenía que fijarme en cómo me miraba para saber cuánto me quería. Parecido a lo que te pasa con Mace.
En ese momento quiero desaparecer o que algo me lleve muy, muy lejos de allí, donde las madres no sepan las cosas a través de una simple mirada. Abro la boca para decir algo, pero mi madre me interrumpe antes de que pueda hacerlo.
-Sólo te pido que tengas cuidado. Haz lo que creas correcto. Confío en ti.
Mi madre se acerca a mí para darme un largo abrazo.
-Te quiero -me dice antes de irse a trabajar.
-¿Qué te ha picado a ti ahora con la cocina y la repostería? -le pregunto a Mace cuando, al bajar por las escaleras y dirigirme a la cocina, huelo a tostadas quemadas.
-Quiero impresionarte -dice triunfal-. Pero no para conquistarte, ya que sé que eso lo tengo hecho. Quiero dejarte con la boca abierta cuando veas lo bien que cocino.
De nuevo la imagen de ver a un chico tan masculino y alto con un delantal, esta vez de margaritas, se me hace de lo más cómica, aunque con un cierto punto irresistible. Me acerco hasta donde está para ver en qué está trabajando. Diez huevos se distribuyen a lo largo de la isla de la cocina, diez de ellos amenazando con caerse. Dos paquetes de harina descansan en la encimera con más contenido alrededor del paquete que dentro. Miles de especias y condimentos decoran la cocina en general. Me doy por vencida y decido preguntar.
-¿Qué se supone que estás haciendo?
Mace levanta la vista de un bol con lo que parece una masa de algo, a la que está añadiendo sal -sí, es capaz de hacer galletas de chocolate saladas-, para mirarme entre herido y sorprendido, con cara de «¿es que no es evidente?». Efectivamente, su mirada se transforma en una frase y me echo a reír tras escuchar:
-¿Es que no es evidente?
-Claro que lo es. Lo he sabido desde que he salido de mi habitación con intención de beber un poco de zumo. Lo que pasa es que las dudas han empezado a aflorar en mí en cuanto he visto que le echabas sal a esa mezcla misteriosa.
Me mira sin entender nada. Se lleva el dedo con el que estaba echando sal a la boca y maldice por lo bajo.
-¿Quieres galletas de coco saladas? -me pregunta ofreciéndome el bol.
-¿Qué te parece si intentamos hacer algo menos arriesgado? Ya sabes, una receta que no necesite saber identificar lo dulce de lo salado, la sal del azúcar. ¿Te ves capacitado?
Me mira fijamente, abriendo en exceso los orificios nasales al respirar, exactamente lo que hace cuando se siente ofendido. Se acerca amenazante hasta a mi, pero su metro noventa y pico no frena el ataque de risa del que estoy siendo víctima. Me apoyo en una de las sillas de la cocina, porque peligro varias veces con caerme al doblarme por las carcajadas.
-¿Te parece gracioso? - me pregunta a menos de medio metro de mí.
-No, no, para nada. No me estoy riendo. Ya paro, ya paro -me pongo recta y me seco las lágrimas de los ojos mientras intento recuperar la compostura-. Ah, por cierto, a partir de ahora, echa sacarina en el café, porque ya no me fío.
Tras esto vuelvo a estallar en un montón de carcajadas. Mace se ríe sin gracia y se dirige hacia la isla. Coge algo que no veo y vuelve a donde estaba. Cuando me pongo recta, me está mirando fijamente.
-¿Te has hecho algo en el pelo? -pregunta realmente interesado.
-Oh, sí, me lo he lavado con un champú nuevo que lo deja más brillante -contesto, un tanto sorprendida por el cambio de tema.
-Qué pena... -dice de repente.
-¿Qué?
Esto último lo digo a la vez que Mace me estampa uno de los huevos que amenazaban con caerse sobre mi cabeza. El contenido empieza a deslizarse por mi pelo hasta llegar a la frente y luego la nariz. Me llevo la mano para retirarme los restos antes de que me lleguen a los ojos. Mace está plantado enfrente de mí, con una sonrisa radiante. Le miro furibunda durante unos instantes y finjo que me dirijo al fregadero para limpiarme, pero en el último momento cojo un puñado de esa-extraña-masa-salada-color-beige-con-tropezones-de-algo-blanco, o como Mace lo llama, galletas de coco, y lo arrojo hacia su cara. Mueve su cabeza hacia la derecha y la plasta únicamente alcanza la mitad de su cara. Pone una mueca de asco y se retira parte de la masa con el dorso de la mano. Coge uno de los paquetes de harina y vacía parte del contenido en la palma de su mano. Yo cojo una bandeja y la elevo por delante de mi cara, pero sin mucho éxito, porque me tira la harina justo en el momento en el que la llevo por debajo de mis ojos para ver lo que hace. Toso un par de veces y un polvo blanquecino sale por mi boca. Esto provoca una sonora carcajada proveniente de Mace. Sin pensármelo dos veces, tomo un sirope -aún por determinar de qué sabor es- y lo aprieto contra él. Se sube la camiseta para protegerse la cara, y entonces paso a "siropear" sus perfectos abdominales. Oh, Dios, parece que están diseñados para levar sirope de ¿chocolate?, ¿caramelo?, encima. Babeo un par de segundos, pero sacudo la cabeza para concentrarme. ¿Qué te pasa, Brook? Es el enemigo. Es el enemigo de la guerra de comida que se está llevando a cabo en tu cocina.
Mientras disputo una guerra contra mis ojos, ordenándoles que dejen de mirar a sus músculos inmediatamente, Mace coge un bote de mostaza. Aquí es cuando me pregunto qué demonios hará un bote de mostaza en una encimera en la que se están haciendo galletas, pero se trata de Mace, así que es mejor no buscar una explicación congruente. Empieza a echarme el contenido del bote por la cara, y decido hacer lo mismo que él, así que me levanto la camiseta para taparme los ojos. Entonces noto que ha parado de exprimir el bote. Bajo la camiseta lentamente para ver qué le ha pasado y le encuentro con las manos sobre sus ojos, tapándoselos.
-Eso no vale -grita, aún con los ojos tras las manos-, eso es juego sucio. Te has levantado la camiseta. No puedo seguir.
Me acerco lentamente a él. Le quito las manos y luego me deshago de su camiseta. Le empiezo a besar, a lo que él responde sin demora. Me coge en brazos y me lleva hasta la isla, donde me sienta, haciendo que los tres huevos que aún quedaban vivos, acaben con el mismo destino que sus compañeros. Me quita la camiseta.
-¿No decías que eso era juego sucio? -pregunto arrugando la nariz.
-Seamos sucios -propone, encogiéndose de hombros.
Nos besamos durante horas hasta que uno de los dos propuso limpiar el desastre que habíamos creado.
Y vale, he de reconocer que al final no quedó ni rastro de sirope de caramelo-chocolate en sus -perfectos- abdominales.
Yo sonrío con melancolía.
-¿Sabes cómo nos conocimos? -pregunta, dispuesta a contarlo sea cual sea mi respuesta.
Niego con la cabeza, sacudiéndola, y me acomodo en el asiento, preparándome para escuchar la historia sin perder detalle.
-Cuando estaba acabando el instituto, trabajaba en un restaurante cerca de la universidad. Tu padre iba a la Facultad de Medicina y le había visto varias veces pasar, pero nunca me había llamado la atención. Seguramente él tampoco se había fijado en mí. Una noche, tuve que hacer el turno de una compañera que estaba enferma y me tocó atender una fiesta que había en el local por el cumpleaños de un chico. Resultó ser que el chico del cumpleaños era tu padre. Esa noche yo estaba de un humor de perros, porque no iba a poder salir de fiesta y tenía que aguantar a un grupo de chicos bailando y medio borrachos. El cumpleañero se me acercó para pedirme que cambiara el hilo musical, ya que según él, "esa no era música lo suficientemente marchosa". Tal y como estaba, lo último que me apetecía era escuchar a un universitario que se creía John Travolta con una chaqueta de cuero y el pelo engominado. Cuando le contesté de mala manera y le di de forma brusca el mando del equipo musical, se rió -me mira con un brillo increíble en los ojos, pero no precisamente por las lágrimas. De felicidad. Se me corta la respiración al ver a mi madre feliz-. Nunca se me olvidará esa risa, Brooklyn. ¿Y su sonrisa? ¡Oh, Dios Santo! La más bonita que he visto en mi vida. Al reírse, aguantando mucho la respiración, le miré fijamente, intentando averiguar qué le hacía tanta gracia. Me dijo entonces que tenía los ojos más bonitos que había visto. Yo en aquel momento, tenía novio y sabía por donde estaban yendo los tiros, así que le dije que tenía que volver al trabajo. Él, a regañadientes, se fue.
>>Cuando entré en la universidad, seguía sin olvidarme del John Travolta pelirrojo que había conocido casi un año antes. Había terminado con mi antiguo novio y me moría por encontrarle, pero sabía que era un imposible, ya que no tenía ningún dato suyo. Poco a poco me fui olvidando de la idea. Abigail, mi mejor amiga de la universidad, estaba saliendo con un chico, y estaba empeñadísima en emparejarme con el mejor amigo de su novio.
-Espera -interrumpo de repente-, ¿Abigail es Abbie, la madre de Mace? -pregunto con la intención de aclarar mis ideas.
-Sí -contesta con una sonrisa mi madre-. El caso es que yo no quería hacer una cena de parejitas, pero al final Abigail terminó por convencerme. Fui, aunque no del todo convencida. Al llegar, cuando le vi con la chaqueta de cuero en pleno julio, quise desaparecer.
-¿Papá? -pregunto anonadada.
-El mismo. Me dije a mi misma que me quería morir. Luego me enteré de que había estado todo planeado; tu padre le habló a Abbie un día de una chica rubia, de ojos azules que había conocido en Pippa's hacía unos meses, de la cual se enamoró al momento y no pudo olvidar. En cuanto volví a hablar con él, supe que sería mi marido.
-¿Cómo estabas tan segura?
- Sólo tenía que fijarme en cómo me miraba para saber cuánto me quería. Parecido a lo que te pasa con Mace.
En ese momento quiero desaparecer o que algo me lleve muy, muy lejos de allí, donde las madres no sepan las cosas a través de una simple mirada. Abro la boca para decir algo, pero mi madre me interrumpe antes de que pueda hacerlo.
-Sólo te pido que tengas cuidado. Haz lo que creas correcto. Confío en ti.
Mi madre se acerca a mí para darme un largo abrazo.
-Te quiero -me dice antes de irse a trabajar.
-¿Qué te ha picado a ti ahora con la cocina y la repostería? -le pregunto a Mace cuando, al bajar por las escaleras y dirigirme a la cocina, huelo a tostadas quemadas.
-Quiero impresionarte -dice triunfal-. Pero no para conquistarte, ya que sé que eso lo tengo hecho. Quiero dejarte con la boca abierta cuando veas lo bien que cocino.
De nuevo la imagen de ver a un chico tan masculino y alto con un delantal, esta vez de margaritas, se me hace de lo más cómica, aunque con un cierto punto irresistible. Me acerco hasta donde está para ver en qué está trabajando. Diez huevos se distribuyen a lo largo de la isla de la cocina, diez de ellos amenazando con caerse. Dos paquetes de harina descansan en la encimera con más contenido alrededor del paquete que dentro. Miles de especias y condimentos decoran la cocina en general. Me doy por vencida y decido preguntar.
-¿Qué se supone que estás haciendo?
Mace levanta la vista de un bol con lo que parece una masa de algo, a la que está añadiendo sal -sí, es capaz de hacer galletas de chocolate saladas-, para mirarme entre herido y sorprendido, con cara de «¿es que no es evidente?». Efectivamente, su mirada se transforma en una frase y me echo a reír tras escuchar:
-¿Es que no es evidente?
-Claro que lo es. Lo he sabido desde que he salido de mi habitación con intención de beber un poco de zumo. Lo que pasa es que las dudas han empezado a aflorar en mí en cuanto he visto que le echabas sal a esa mezcla misteriosa.
Me mira sin entender nada. Se lleva el dedo con el que estaba echando sal a la boca y maldice por lo bajo.
-¿Quieres galletas de coco saladas? -me pregunta ofreciéndome el bol.
-¿Qué te parece si intentamos hacer algo menos arriesgado? Ya sabes, una receta que no necesite saber identificar lo dulce de lo salado, la sal del azúcar. ¿Te ves capacitado?
Me mira fijamente, abriendo en exceso los orificios nasales al respirar, exactamente lo que hace cuando se siente ofendido. Se acerca amenazante hasta a mi, pero su metro noventa y pico no frena el ataque de risa del que estoy siendo víctima. Me apoyo en una de las sillas de la cocina, porque peligro varias veces con caerme al doblarme por las carcajadas.
-¿Te parece gracioso? - me pregunta a menos de medio metro de mí.
-No, no, para nada. No me estoy riendo. Ya paro, ya paro -me pongo recta y me seco las lágrimas de los ojos mientras intento recuperar la compostura-. Ah, por cierto, a partir de ahora, echa sacarina en el café, porque ya no me fío.
Tras esto vuelvo a estallar en un montón de carcajadas. Mace se ríe sin gracia y se dirige hacia la isla. Coge algo que no veo y vuelve a donde estaba. Cuando me pongo recta, me está mirando fijamente.
-¿Te has hecho algo en el pelo? -pregunta realmente interesado.
-Oh, sí, me lo he lavado con un champú nuevo que lo deja más brillante -contesto, un tanto sorprendida por el cambio de tema.
-Qué pena... -dice de repente.
-¿Qué?
Esto último lo digo a la vez que Mace me estampa uno de los huevos que amenazaban con caerse sobre mi cabeza. El contenido empieza a deslizarse por mi pelo hasta llegar a la frente y luego la nariz. Me llevo la mano para retirarme los restos antes de que me lleguen a los ojos. Mace está plantado enfrente de mí, con una sonrisa radiante. Le miro furibunda durante unos instantes y finjo que me dirijo al fregadero para limpiarme, pero en el último momento cojo un puñado de esa-extraña-masa-salada-color-beige-con-tropezones-de-algo-blanco, o como Mace lo llama, galletas de coco, y lo arrojo hacia su cara. Mueve su cabeza hacia la derecha y la plasta únicamente alcanza la mitad de su cara. Pone una mueca de asco y se retira parte de la masa con el dorso de la mano. Coge uno de los paquetes de harina y vacía parte del contenido en la palma de su mano. Yo cojo una bandeja y la elevo por delante de mi cara, pero sin mucho éxito, porque me tira la harina justo en el momento en el que la llevo por debajo de mis ojos para ver lo que hace. Toso un par de veces y un polvo blanquecino sale por mi boca. Esto provoca una sonora carcajada proveniente de Mace. Sin pensármelo dos veces, tomo un sirope -aún por determinar de qué sabor es- y lo aprieto contra él. Se sube la camiseta para protegerse la cara, y entonces paso a "siropear" sus perfectos abdominales. Oh, Dios, parece que están diseñados para levar sirope de ¿chocolate?, ¿caramelo?, encima. Babeo un par de segundos, pero sacudo la cabeza para concentrarme. ¿Qué te pasa, Brook? Es el enemigo. Es el enemigo de la guerra de comida que se está llevando a cabo en tu cocina.
Mientras disputo una guerra contra mis ojos, ordenándoles que dejen de mirar a sus músculos inmediatamente, Mace coge un bote de mostaza. Aquí es cuando me pregunto qué demonios hará un bote de mostaza en una encimera en la que se están haciendo galletas, pero se trata de Mace, así que es mejor no buscar una explicación congruente. Empieza a echarme el contenido del bote por la cara, y decido hacer lo mismo que él, así que me levanto la camiseta para taparme los ojos. Entonces noto que ha parado de exprimir el bote. Bajo la camiseta lentamente para ver qué le ha pasado y le encuentro con las manos sobre sus ojos, tapándoselos.
-Eso no vale -grita, aún con los ojos tras las manos-, eso es juego sucio. Te has levantado la camiseta. No puedo seguir.
Me acerco lentamente a él. Le quito las manos y luego me deshago de su camiseta. Le empiezo a besar, a lo que él responde sin demora. Me coge en brazos y me lleva hasta la isla, donde me sienta, haciendo que los tres huevos que aún quedaban vivos, acaben con el mismo destino que sus compañeros. Me quita la camiseta.
-¿No decías que eso era juego sucio? -pregunto arrugando la nariz.
-Seamos sucios -propone, encogiéndose de hombros.
Nos besamos durante horas hasta que uno de los dos propuso limpiar el desastre que habíamos creado.
Y vale, he de reconocer que al final no quedó ni rastro de sirope de caramelo-chocolate en sus -perfectos- abdominales.