martes, 8 de octubre de 2013

Capítulo 18: Brooklyn

  Hoy Mace tenía cosas que hacer, así que al salir de la heladería Trevor y yo vamos a tomar algo para... ¿celebrar que es viernes?, ¿por ejemplo?
  Nos dirigimos calle abajo hacia un bar bastante conocido. Trevor me sujeta la puerta al entrar y me invita a pasar primero. 
  El lugar está a rebosar; prácticamente es imposible llegar a ver dónde está la barra. Nos hacemos camino -empujamos a la gente de mala forma- para conseguir pedir nuestro ansiado refrigerio. Encontramos a unos metros de nosotros dos taburetes libres, lo cual es bastante inexplicable, y nos abalanzamos contra ellos. Una vez estamos sentados y con las bebidas frente a nosotros, nos relajamos y empezamos a hablar.
  -Ya sabes todo sobre mí, pero yo aún no sé nada de ti -digo mientras me acerco mi copa a los labios.
  -Suelo ser bastante enigmático -dice con una media sonrisa pintada en la cara-. Poca gente me conoce realmente bien. 
  -Venga, no te hagas el duro, seguro que no eres tan misterioso. Todos tenemos algo desconocido, pero lo acabamos sacando. Me extraña que esa técnica te funcione con chicas.
  -¿Para qué iba a querer que me funcionara con chicas? -pregunta enarcando una ceja, mientras arruga ligeramente la nariz. 
  -Hombre, puedes intentarlo con perros o periquitos, pero aparte de que te resultará bastante difícil, creo entender que se llama zoofilia.
  -Brook, soy gay -dice mientras se recoloca las gafas.
  Lo sabía. No sé por qué, pero lo sabía.
  -¿Y ahora estás con alguien? -pregunto cruzándome de piernas y apoyando mis manos sobre mi rodilla izquierda.
  -Desde hace cuatro meses no. Le vi besándose con otra persona en la calle.
  -No me lo puedo creer -digo con incredulidad-. A mí me pasó lo mismo -concluyo haciendo un gesto con la mano.
  -¡¿Te liaste con uno estando con tu novio?! -pregunta, mezclando a la perfección horror y desprecio.
  -No, no. Vi a mi antiguo novio besándose con la novia de mi mejor amigo.
  -¿Con Vivi? -pregunta sin dar crédito.
  -La misma -digo con un ademán de cabeza.
  -Qué guarra... -declara como veredicto final. Tras esto estallamos en una serie de más que audibles carcajadas.
  -¿Y qué pasó con... con... con este chico? -consigue terminar.
  -Jem, se llama Jem. Me dejó al poco tiempo y después se mudó.
  -¿No has vuelto a hablar con él?
  -Perdimos el contacto -comento con cierta melancolía-, no teníamos muchos amigos en común, por lo que dejé de saber de él.
  -¿Nunca has intentado buscarle? -pregunta inclinándose ligeramente hacia mí, con verdadero interés.
  -Mm, no, la verdad es que no. No sé. Supongo que todo esto ha pasado por algo.
  -Tienes que ponerte en contacto con él.
  -¿Cómo voy a ponerme en contacto con él? -exclamo, exasperada, levantando los brazos.
  -Entonces lo vuestro no ha terminado -contesta como veredicto.
  -¿Cómo no va a haber terminado? -pregunto incrédula.
  Me mira como si hubiera hecho la pregunta más tonta y obvia de la historia.
  -Si lo no habéis hablado y no habéis dejado las cosas claras, es que está incompleto -dice lentamente. Hace una pausa-. Tú le querías, ¿verdad? -me pregunta ladeando la cabeza.
  Dudo unos instantes. Claro que le quería, pero me hizo daño, mucho daño.
  -Sí, bueno...
  Trevor me interrumpe como si mis dos palabras hubieran sido suficientes para convencerle.
  -Entonces no puedes dejarlo así. No puedes olvidarle sin más. 
  Una imagen me viene a la cabeza. Jem y yo estamos en el porche de mi casa tras una fiesta del instituto. Me descalzo al sentarme en la barandilla mientras él me propone planes para ese fin de semana. El ruido de los coches se oye muy a lo lejos. Algún ladrido rompe el reinante silencio, pero se va tan de golpe como llegó. Los mosquitos se chocan una y otra vez contra la lámpara que cuelga del techo. Jem se acerca a mí y me abraza. Me da un par de besos en el cuello, donde horas antes me había echado un perfume que ahora brillaba por su ausencia. Me abraza, me rodea con sus grandes brazos, esos mismos que tanto tiempo eché de menos. Me susurra un par de cosas al oído que quedan entre nosotros. Me río. Me observa reírme. Le miro y me besa. Me dice que nunca me va a dejar y que, si en algún remoto caso lo hace, jamás de los jamases me olvidará. 
  Algo en mi interior se conecta. Ese recuerdo actúa como un resorte, haciendo que algo muy dentro de mí le eche de menos. Que le añore como hacía mucho que no le añoraba. Ese algo muy dentro de mí empezaba a multiplicarse, a crecer y a crecer, sin importarle lo más mínimo mis actuales sentimientos. Sin importarle un bledo que ahora estoy con otro chico. Ese insignificante porcentaje que ignoraba hace unos meses, unos días e incluso unas horas, se estaba convirtiendo en algo importante.
  En este momento se está librando una batalla campal en mi mente. Una gran mayoría, prácticamente la totalidad, de recuerda que Mace es un chico estupendo y que quizás le quieras. Esta parte también incluía en su opinión lo capullo que fue Jem y el daño que me hizo. Un uno por ciento sugería que por qué no intentarlo. No pierdes nada. <<Quien no arriesga, no gana>> solía decir mi padre cuando era pequeña, a lo que yo siempre respondía arrugando la nariz. ¿Y si hubo algo más? ¿Y si por el hecho de obcecarse en el "no" te pierdes cosas, cosas realmente buenas? El otro uno por ciento era básicamente la imagen de un mono vestido de orquesta tocando los platillos.
<<¿Pero qué narices te pasa, Brooklyn?>> me pregunto. No me entiendo. <<¿Le echas de menos?>>.  Ni yo sé qué responderme a esa pregunta. Ese resorte que ha saltado en mi interior nunca antes lo había hecho. Nunca. Supongo que así funcionan los sentimientos. En el momento en el que un recuerdo feliz de algo ya pasado navega por tu mente, puede tambalear cualquier tipo de situación.
  -Deberías buscarle. Y yo te voy a ayudar -dice asintiendo con gravedad.
  Ese pequeño e imperceptible uno por ciento va creciendo poco a poco, superando a mis otras opciones. Se abre camino desde mi cerebro hasta mis cuerdas vocales, pronunciando con seguridad:
  -Hagámoslo.

#100

Una isla muy chachi, una isla muy chachi,
una isla muy chachi, una isla muy chachi.
En una isla muy chachi,
bajo una luna que es guachi, 
bailando con las chatis, 
que no me dejan ni un poco tranqui.
Yo me pongo la crema, 
sentado en la arena,
por mi cuerpo serrano,
el cuerpo del verano.
Sacame de este agujeeero, 
porque odio los esqueleeetos, 
y si sigo tu plaaan, 
yo me convierto en lavaman.
¡Yo me convierto en lavamaaan!


domingo, 6 de octubre de 2013

Capítulo 17: Jeremy

  Aún no estoy seguro de si esto es correcto. Hace mucho que no la veo. Seguramente ni se acuerde de mí... ¿O si? La verdad es que la echo de menos. He estado estos meses en el extranjero y a lo mejor piensa que, si no he pasado a verla, es porque no la quiero. Lo de Vivianne fue un completo y absoluto error. No sé qué demonios se me pasó por la cabeza para hacerle eso a Brook. Estoy completamente seguro de que ella piensa que lo dejé por Vivi, pero en realidad fue porque me iba de la ciudad. 
  Estoy dispuesto a volver con ella, siempre y cuando me perdone. Quiero que vea lo que soy capaz de hacer. Estoy dispuesto a mudarme para que volvamos a estar juntos.
  Ahora que he vuelto, Brook va a volver a ser mía. 

#87

So many men and so little time.


sábado, 9 de febrero de 2013

#99

Float like a butterfly. Sting like a bee.
(Vuela como una mariposa. Pica como una abeja)


domingo, 27 de enero de 2013

Capítulo 16: Brooklyn

  -En serio, cielo, no sé cómo lo haces; cada vez que sales con Mace traes una herida nueva.
  Mi madre me examina el bulto que me empieza a crecer en la parte derecha de la frente. Niega varias veces con la cabeza. Se aparta un par de centímetros mientras yo me llevo la bolsa de hielo a la frente, y me mira con gesto de preocupación. Rectifico. Con gesto de madre. Me acaricia la mandíbula dulcemente y me mira a los ojos.
  -Te gusta mucho, ¿verdad?
  Abro los ojos y la boca al mismo tiempo. Mi madre me mira y sonríe. 
  -Me recordáis a mí y a tu padre -dice despacio, como recordando acontecimientos. 
  Yo sonrío con melancolía.
  -¿Sabes cómo nos conocimos? -pregunta, dispuesta a contarlo sea cual sea mi respuesta.
  Niego con la cabeza, sacudiéndola, y me acomodo en el asiento, preparándome para escuchar la historia sin perder detalle.
  -Cuando estaba acabando el instituto, trabajaba en un restaurante cerca de la universidad. Tu padre iba a la Facultad de Medicina y le había visto varias veces pasar, pero nunca me había llamado la atención. Seguramente él tampoco se había fijado en mí. Una noche, tuve que hacer el turno de una compañera que estaba enferma y me tocó atender una fiesta que había en el local por el cumpleaños de un chico. Resultó ser que el chico del cumpleaños era tu padre. Esa noche yo estaba de un humor de perros, porque no iba a poder salir de fiesta y tenía que aguantar a un grupo de chicos bailando y medio borrachos. El cumpleañero se me acercó para pedirme que cambiara el hilo musical, ya que según él, "esa no era música lo suficientemente marchosa". Tal y como estaba, lo último que me apetecía era escuchar a un universitario que se creía John Travolta con una chaqueta de cuero y el pelo engominado. Cuando le contesté de mala manera y le di de forma brusca el mando del equipo musical, se rió -me mira con un brillo increíble en los ojos, pero no precisamente por las lágrimas. De felicidad. Se me corta la respiración al ver a mi madre feliz-. Nunca se me olvidará esa risa, Brooklyn. ¿Y su sonrisa? ¡Oh, Dios Santo! La más bonita que he visto en mi vida. Al reírse, aguantando mucho la respiración, le miré fijamente, intentando averiguar qué le hacía tanta gracia. Me dijo entonces que tenía los ojos más bonitos que había visto. Yo en aquel momento, tenía novio y sabía por donde estaban yendo los tiros, así que le dije que tenía que volver al trabajo. Él, a regañadientes, se fue.
  >>Cuando entré en la universidad, seguía sin olvidarme del John Travolta pelirrojo que había conocido casi un año antes. Había terminado con mi antiguo novio y me moría por encontrarle, pero sabía que era un imposible, ya que no tenía ningún dato suyo. Poco a poco me fui olvidando de la idea. Abigail, mi mejor amiga de la universidad, estaba saliendo con un chico, y estaba empeñadísima en emparejarme con el mejor amigo de su novio.
  -Espera -interrumpo de repente-, ¿Abigail es Abbie, la madre de Mace? -pregunto con la intención de aclarar mis ideas.
  -Sí -contesta con una sonrisa mi madre-. El caso es que yo no quería hacer una cena de parejitas, pero al final Abigail terminó por convencerme. Fui, aunque no del todo convencida. Al llegar, cuando le vi con la chaqueta de cuero en pleno julio, quise desaparecer. 
  -¿Papá? -pregunto anonadada.
  -El mismo. Me dije a mi misma que me quería morir. Luego me enteré de que había estado todo planeado; tu padre le habló a Abbie un día de una chica rubia, de ojos azules que había conocido en Pippa's hacía unos meses, de la cual se enamoró al momento y no pudo olvidar. En cuanto volví a hablar con él, supe que sería mi marido.
  -¿Cómo estabas tan segura?
  - Sólo tenía que fijarme en cómo me miraba para saber cuánto me quería. Parecido a lo que te pasa con Mace.
  En ese momento quiero desaparecer o que algo me lleve muy, muy lejos de allí, donde las madres no sepan las cosas a través de una simple mirada. Abro la boca para decir algo, pero mi madre me interrumpe antes de que pueda hacerlo.
  -Sólo te pido que tengas cuidado. Haz lo que creas correcto. Confío en ti. 
  Mi madre se acerca a mí para darme un largo abrazo.
  -Te quiero -me dice antes de irse a trabajar.

  -¿Qué te ha picado a ti ahora con la cocina y la repostería? -le pregunto a Mace cuando, al bajar por las escaleras y dirigirme a la cocina, huelo a tostadas quemadas.
  -Quiero impresionarte -dice triunfal-. Pero no para conquistarte, ya que sé que eso lo tengo hecho. Quiero dejarte con la boca abierta cuando veas lo bien que cocino.
  De nuevo la imagen de ver a un chico tan masculino y alto con un delantal, esta vez de margaritas, se me hace de lo más cómica, aunque con un cierto punto irresistible. Me acerco hasta donde está para ver en qué está trabajando. Diez huevos se distribuyen a lo largo de la isla de la cocina, diez de ellos amenazando con caerse. Dos paquetes de harina descansan en la encimera con más contenido alrededor del paquete que dentro. Miles de especias y condimentos decoran la cocina en general. Me doy por vencida y decido preguntar. 
  -¿Qué se supone que estás haciendo?
  Mace levanta la vista de un bol con lo que parece una masa de algo, a la que está añadiendo sal -sí, es capaz de hacer galletas de chocolate saladas-, para mirarme entre herido y sorprendido, con cara de «¿es que no es evidente?». Efectivamente, su mirada se transforma en una frase y me echo a reír tras escuchar:
  -¿Es que no es evidente? 
  -Claro que lo es. Lo he sabido desde que he salido de mi habitación con intención de beber un poco de zumo. Lo que pasa es que las dudas han empezado a aflorar en mí en cuanto he visto que le echabas sal a esa mezcla misteriosa. 
  Me mira sin entender nada. Se lleva el dedo con el que estaba echando sal a la boca y maldice por lo bajo. 
  -¿Quieres galletas de coco saladas? -me pregunta ofreciéndome el bol.
  -¿Qué te parece si intentamos hacer algo menos arriesgado? Ya sabes, una receta que no necesite saber identificar lo dulce de lo salado, la sal del azúcar. ¿Te ves capacitado? 
  Me mira fijamente, abriendo en exceso los orificios nasales al respirar, exactamente lo que hace cuando se siente ofendido. Se acerca amenazante hasta a mi, pero su metro noventa y pico no frena el ataque de risa del que estoy siendo víctima. Me apoyo en una de las sillas de la cocina, porque peligro varias veces con caerme al doblarme por las carcajadas. 
  -¿Te parece gracioso? - me pregunta a menos de medio metro de mí.
  -No, no, para nada. No me estoy riendo. Ya paro, ya paro -me pongo recta y me seco las lágrimas de los ojos mientras intento recuperar la compostura-. Ah, por cierto, a partir de ahora, echa sacarina en el café, porque ya no me fío. 
  Tras esto vuelvo a estallar en un montón de carcajadas. Mace se ríe sin gracia y se dirige hacia la isla. Coge algo que no veo y vuelve a donde estaba. Cuando me pongo recta, me está mirando fijamente. 
  -¿Te has hecho algo en el pelo? -pregunta realmente interesado.
  -Oh, sí, me lo he lavado con un champú nuevo que lo deja más brillante -contesto, un tanto sorprendida por el cambio de tema.
  -Qué pena... -dice de repente.
  -¿Qué? 
  Esto último lo digo a la vez que Mace me estampa uno de los huevos que amenazaban con caerse sobre mi cabeza. El contenido empieza a deslizarse por mi pelo hasta llegar a la frente y luego la nariz. Me llevo la mano para retirarme los restos antes de que me lleguen a los ojos. Mace está plantado enfrente de mí, con una sonrisa radiante. Le miro furibunda durante unos instantes y finjo que me dirijo al fregadero para limpiarme, pero en el último momento cojo un puñado de esa-extraña-masa-salada-color-beige-con-tropezones-de-algo-blanco, o como Mace lo llama, galletas de coco, y lo arrojo hacia su cara. Mueve su cabeza hacia la derecha y la plasta únicamente alcanza la mitad de su cara. Pone una mueca de asco y se retira parte de la masa con el dorso de la mano. Coge uno de los paquetes de harina y vacía parte del contenido en la palma de su mano. Yo cojo una bandeja y la elevo por delante de mi cara, pero sin mucho éxito, porque me tira la harina justo en el momento en el que la llevo por debajo de mis ojos para ver lo que hace. Toso un par de veces y un polvo blanquecino sale por mi boca. Esto provoca una sonora carcajada proveniente de Mace. Sin pensármelo dos veces, tomo un sirope -aún por determinar de qué sabor es- y lo aprieto contra él. Se sube la camiseta para protegerse la cara, y entonces paso a "siropear" sus perfectos abdominales. Oh, Dios, parece que están diseñados para levar sirope de ¿chocolate?, ¿caramelo?, encima. Babeo un par de segundos, pero sacudo la cabeza para concentrarme. ¿Qué te pasa, Brook? Es el enemigo. Es el enemigo de la guerra de comida que se está llevando a cabo en tu cocina. 
  Mientras disputo una guerra contra mis ojos, ordenándoles que dejen de mirar a sus músculos inmediatamente, Mace coge un bote de mostaza. Aquí es cuando me pregunto qué demonios hará un bote de mostaza en una encimera en la que se están haciendo galletas, pero se trata de Mace, así que es mejor no buscar una explicación congruente. Empieza a echarme el contenido del bote por la cara, y decido hacer lo mismo que él, así que me levanto la camiseta para taparme los ojos. Entonces noto que ha parado de exprimir el bote. Bajo la camiseta lentamente para ver qué le ha pasado y le encuentro con las manos sobre sus ojos, tapándoselos. 
  -Eso no vale -grita, aún con los ojos tras las manos-, eso es juego sucio. Te has levantado la camiseta. No puedo seguir.
  Me acerco lentamente a él. Le quito las manos y luego me deshago de su camiseta. Le empiezo a besar, a lo que él responde sin demora. Me coge en brazos y me lleva hasta la isla, donde me sienta, haciendo que los tres huevos que aún quedaban vivos, acaben con el mismo destino que sus compañeros. Me quita la camiseta. 
  -¿No decías que eso era juego sucio? -pregunto arrugando la nariz.
  -Seamos sucios -propone, encogiéndose de hombros. 
  Nos besamos durante horas hasta que uno de los dos propuso limpiar el desastre que habíamos creado. 
  Y vale, he de reconocer que al final no quedó ni rastro de sirope de caramelo-chocolate en sus -perfectos- abdominales.