sábado, 29 de septiembre de 2012

Capítulo 14: Brooklyn

  Hoy me he ido a mi trabajo antes para que Mace no me acompañara. Aún me duele lo que pasó anoche y no soy capaz de hablarle, no porque no quiera, sino porque no sabría qué decir. ¡Es que no puede hacer eso! Bueno, vale que se haya podido liar con esa chica, lo entiendo, es normal, yo también me liaría con él -aunque ya lo haya hecho-, pero no puede seguirle el tonteo, ni tampoco dejar que le toquetee. No, no, no. Aunque es cierto que Matt me besó, yo no tuve la culpa. Fue algo que hizo él. ¿Y decirle qué soy «la hija de una amiga de su madre»? Oh, vamos. ¿En serio? Es que para él sólo soy eso. ¿«La hija de una amiga de su madre»? 
  De repente trago saliva lentamente al pensar en esa posibilidad. ¿Y si para él sólo soy eso? Noto un sudor frío que recorre mi espalda acompañado de un mareo instantáneo que hace que me tenga que sentar en el primer banco que veo. ¿Y si es eso? ¿Y si en realidad Matt tenía razón? Niego con la cabeza enérgicamente para quitarme esa idea de la cabeza. ¿Qué me pasa? Es sólo un chico, ¿verdad, Brook? No pasa nada si no le interesas para nada más. En cuanto pienso eso siento un leve temblor en las piernas y agradezco el haberme sentado, porque probablemente me caería al suelo si hubiera estado de pie. Si tanto me preocupa es por algo. Puede... puede que le quiera. «Wua ja ja ja ja» suelto una carcajada típica de las películas de miedo. Una mujer que pasa por enfrente de mí me mira abriendo mucho los ojos y niega con la cabeza.
  -Estos jóvenes de hoy en día parecen más primates que humanos -dice total y absolutamente indignada.
  Me levanto del banco al fijarme en que debería darme prisa en llegar a la heladería.
  ¿Es eso? ¿Le quieres? Me río en silencio al ver lo absurdo que es. ¡Pero si le conoces de apenas unas semanas! Una imagen de Mace sonriendo asalta mi mente. Sonrío yo al pensar en él y me doy cuenta de que puede que tampoco sea tan malo ni tan absurdo. Entonces siento nauseas al pensar que puede que me haya vuelto a enamorar. Pensaba que desde lo de Jem estaba destinada a vivir sola y con la triste compañía de ocho gatos que únicamente se acercan a mí por la comida.
  Acelero el paso los últimos metros que me separan de la heladería y entro con una mano apretándome la tripa cuando las nauseas vuelven a manifestarse. Tengo que llegar al baño. Dirijo mi mirada hacia la derecha y veo al encargado, sí, el de las fantasías de Nicole, pero no está solo. Hay alguien a su lado.
  -Hola, Brook -me saluda desde el mostrador con una sonrisa.
  El chico que está a su izquierda me mira tímidamente.
  -Éste es Trevor -dice James mientras le señala amistosamente.
  No aguanto más. Miro hacia las mesas y veo un cubo destinado a la limpieza que está a punto de ser pluriempleado. Lo cojo.
  -Hola, Brook, encantado. ¿Brook de qué nombre vie...?
  No le doy tiempo a terminar porque antes de que lo haga le levanto el dedo índice en señal de que espere un momento y utilizo el cubo para su nueva función de contenedor-de-comida-descomida.

  Tras haberle jurado al encargado que no estoy enferma ni embarazada y que puede trabajar, se va y Trevor y yo nos quedamos solos.
  -¿Seguro que estás bien? -me pregunta recolocándose la gorra mientras me mira de hito en hito.
  -Sí, sí. Es que me he mareado, pero ya estoy mejor -digo restándole importancia-. Gracias.
  -No hay por qué.
  Nos quedamos en silencio durante unos minutos, sólo se escucha el leve hilo musical que proviene del techo. Hoy es un día bastante tranquilo en el que apenas ha venido gente. Trevor está apoyado en el mostrador con ambas manos y los brazos totalmente estirados mientras yo me dedico a colocar los siropes primero por colores y luego por orden alfabético.
  -Aún no me has dicho de qué nombre viene Brook -observa mientras una sonrisa aparece en su rostro. 
  Me giro hacia donde está y le observo unos minutos en silencio. Tiene el pelo rubio y corto, aunque por delante se lo echa hacia atrás como si fuera un tupé con la raya a la izquierda. Queda muy bien, muy bien. Sus ojos casi grises están protegidos por unas gafas Ray-Ban estilo Wayfarer. Tiene pinta de empollón. Pero de empollón que es condenadamente guapo y que lleva un peinado retro que le queda condenadamente bien. 
  -Es Brook de Brooklyn -contesto con tono desenfadado.
  -Vale -me dice lentamente, y ahora que nos conocemos un poco más, ¿me podrías decir qué te pasa?
  Me río ante la soltura de un chico que parece tan extremadamente tímido.
  -Es por un chico -articulo con dolor al pensar en Mace y referirme a él de esa forma.
  -Ahá -asiente Trevor lentamente-. Al menos ya sabemos que no es por el medio ambiente.
  Eso me arranca una sonrisa.
  -¿Y qué ha pasado? -tira de la cuerda aunque no se dé cuenta de que se la estoy cediendo., 
  -Es que... Bueno, es muy largo de contar -explico no del todo convencida.
  -Da igual -exclama-, tenemos hasta que se caduquen los siropes y haya que ir a comprar.
  Le cuento lo más rápido que puedo todo lo ocurrido en estos últimos días mientras él se echa el pelo hacia atrás y se recoloca las gafas. Él asiente y contesta a algunos de mis  «¿no?» o «¿a que sí?» con un «es que no hay derecho» digno de ser oído. De vez en cuando hace alguna pregunta, pero por lo demás, me escucha a la vez que me mira fijamente. Cuando termino, tarda unos 10 segundos en hablar. Se lleva la mano a la barbilla y asiente  despacio mientras se acaricia la barba incipiente. Me mira y pestañea un par de veces, con unas pestañas que incluso podrían hacer competencia a las de Mace. Empiezo a ponerme nerviosa, porque no dice nada. pero nada. Se limita a mirarme con cara de poker, sin inmutarse. Abre la boca para decir algo, pero se lo piensa mejor y la vuelve a cerrar. Finalmente, me hace la pregunta. La única pregunta que no quería que me hiciera, va y me la hace.
  -¿Le quieres? -me pregunta lentamente, como si hablara con una persona que habla otro idioma.
  -No lo sé -contesto sin mentir.
  -Le quieres -afirma rotundamente mientras se quita las gafas para limpiarlas con el borde de su camiseta. 
  -¿Y eso por qué? Me lo acabas de preguntar.
  -Sé que le quieres, estaba haciendo una pregunta sin esperar una repuesta.
  -Apenas le conozco. Me gusta mucho y todo eso, pero no sé si le quiero -me llevo la mano al pelo y empiezo a toquetear de forma nerviosa mi trenza.
  -No es malo querer a alguien, lo malo es que esa persona no sienta lo mismo por ti.
  -¡Oh, vamos! ¿Pero tú de donde has salido? 
  -¿Qué tal si hablas con él?
  Asiento lentamente con la mirada perdida.
  -¿Y lo de Matt? -pregunto arrugando la nariz.
  -¿Ya se ha ido? 
  -Sí.
  -Ahora mismo es mejor que ese tema lo apartes, porque si lo habláis por teléfono o por lo que sea, solo lo empeorareis. Queda con él cuando vuelva. 
  Se produce otro espacio de tiempo llenado con silencio.
  -¿Vivianne sabe algo? 
  Muevo la cabeza de un lado a otro a modo de respuesta.
  -Mejor, eso es que él no se lo ha dicho.
  -Lo más seguro es que haya sido un simple desliz, no tengo por qué darle tantas vueltas -digo intentando convencer a Trevor y a la vez intentando convencerme a mí.
  -Tú simplemente vuelve a estar con Mace como si nada hubiera pasado. Le quieres, reconócelo de una vez.
  Me paso el resto del día hasta volver a casa preguntándome si realmente quiero o no a Mace, y también, en cualquiera de los dos casos, qué tendría que hacer. Querer a alguien no está tan mal, ¿no? Al fin y al cabo, es el mismo sentido que querer a un amigo, a un perro o a una camiseta... ¿verdad? Pego un gruñido en voz alta mientras camino por la calle y un gato que pasa a mi lado se crispa y se cambia de acera. Acelero el paso, con renovadas ganas de ver a Mace y de abrazarle. Lo acabo de decidir, actuaré como si nada. Si algún día tengo ganas de decirle lo que creo que empiezo a sentir, se lo diré, pero no hoy ni mañana. No. Algún día de estos, sin agobios. Pero ahora mi mundo de derrumba cuando la idea de que Mace ya no quiera nada conmigo se me pasa por la cabeza. Me pellizco en el brazo para dejar de tener ese tipo de pensamientos hasta que abro la boca con un grito ahogado por el dolor. Me paso la mano por la cicatriz que aún conservo de la pelea con Vivianne y recuerdo todo lo pasado, todo lo que Mace hizo por mí, lo dulce y atento que fue. Se me forma un nudo en la garganta y una ola de tristeza repentina se aproxima amenazante hasta mí, pero llego a la orilla antes que ella, de forma que únicamente la espuma formada me toca los talones.
  Aprieto el paso los últimos metros que me separan de mi casa y entro. Subo a mi habitación corriendo y abro la puerta sin encender la luz. Tiro la mochila al inteior sin mirar dentro y justo al cerrar la puerta, una brisa con olor a flores me embriaga. Asomo la cabeza y enciendo la luz. Un ramo de flores descansa en mi almohada, como si esa hubiera sido su posición de siempre. Me acerco y cojo la tarjeta que está sobre las orquídeas dispuesta a averiguar quién ha dado permiso a esas flores a dormir en mi cama.
Lo siento mucho. Espero que esto sirva como entrante para que me perdones.                     
  Oigo un ruido en la puerta y me giro con la carta apretada contra mi pecho y los ojos borrosos por las lágrimas. Le observo mientras él hace un gesto con las cejas. Sonrío, por dentro intencionadamente y por fuera sin darme cuenta. Me acerco a él lentamente, con la carta en las manos arrugada por la presión de los nervios. Me mira de hito en hito, intrigado por mi reacción. Ni yo misma sé si es alegría, pena, rabia, amor. No sé qué narices es.
  -¿Y bien? -pregunta por fin.
  -Tú solo dime cuál es el postre -digo antes de dejar caer la carta y lanzarme a sus labios.

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